La tensión entre Donald Trump y Volodymyr Zelensky subió otro peldaño cuando Ucrania denunció dos golpes casi simultáneos: por un lado, la falta de aviso previo sobre ataques rusos contra infraestructura energética; por otro, restricciones repentinas al acceso de sus fuerzas a los terminales de internet satelital Starlink.
Los hechos ocurrieron mientras Trump aumentaba la presión sobre el gobierno de Zelensky para que detuviera de inmediato los ataques de largo alcance contra la industria petrolera rusa, según la información difundida por la fuente. La combinación de señales encendió las alarmas en Kiev sobre la fiabilidad del apoyo estadounidense en un momento especialmente sensible para el frente ucraniano.
Los terminales Starlink, distribuidos y gestionados por SpaceX, la empresa de Elon Musk, son un componente clave de las operaciones militares de Ucrania. Según un asesor en tecnología militar de Zelensky, las restricciones impuestas el martes por la noche provocaron el fracaso de varias misiones de combate.
Serhii Beskrestnov dijo que «esto no puede ser una coincidencia» y que la medida estaba relacionada con la situación política actual. También confirmó que SpaceX implementó restricciones de velocidad en los terminales mientras estaban en movimiento, con un límite de 160 kilómetros por hora para el paquete de servicio militar StarShield.
Más tarde, Mykhailo Fedorov aseguró en X que se estaba restableciendo la conectividad de Starlink a velocidades de hasta 160 km/h y afirmó que «eliminar por completo el límite de velocidad de Starshield es ahora crucial para la defensa de Ucrania». Añadió: «Gracias, @elonmusk. Esperamos contar con su continuo apoyo».
El Ministerio de Defensa de Ucrania dijo a Kyiv Independent que se habían detectado limitaciones de velocidad y que la causa estaba siendo investigada. Según esa fuente, el problema complica las misiones con drones, en especial las que involucran interceptores y drones de ataque de alcance medio, y dificulta capacidades de logística de primera línea, reconocimiento y retransmisión de señales.
Un soldado que participaba en operaciones con drones durante ataques aéreos confirmó al periódico que «se están observando ciertos problemas», aunque no dio más detalles por motivos de seguridad operativa. El 7º Cuerpo de Asalto Aéreo de Ucrania también informó en redes sociales que estaba experimentando una «limitación» en su conectividad Starlink.
Las consecuencias ya se sintieron sobre el terreno. El cuerpo de Asalto Aéreo declaró que, desde el comienzo del día, una unidad de drones que opera en el área de responsabilidad del 7º Cuerpo en el sector de Hulyaipole tuvo que cancelar varias misiones debido a esos problemas de conectividad.
Mientras tanto, Rusia lanzó durante la noche 39 misiles balísticos y más de 120 drones de ataque y municiones merodeadoras contra la infraestructura energética y crítica en Kyiv, la región de Kyiv y Kharkiv, según el mensaje citado en la fuente. Kiev denunció además que no recibió ninguna advertencia de sus socios sobre un ataque con misiles rusos contra sus instalaciones energéticas por segundo día consecutivo.
La presión política de Trump también avanzó en paralelo. Desde la semana pasada, intensificó los reclamos para que Ucrania detenga sus ataques con drones contra refinerías rusas y amenazó con cortar el intercambio de inteligencia vital. Trump negó el miércoles que Washington hubiera interrumpido ese flujo de información. «No, no lo hemos hecho. Los ayudamos», dijo. «Los estamos ayudando, estamos compartiendo información de inteligencia. Queremos que la guerra termine».
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La disputa no es solo militar: también es de control. Quien maneja la red, la inteligencia y los satélites condiciona el ritmo de la guerra. Y cuando el acceso a Starlink se vuelve incierto, no solo se encarecen las operaciones ucranianas; también crece el poder de presión de quien decide cuándo aprieta y cuándo afloja.
Ese es el punto de fondo. La guerra, para Ucrania, no depende únicamente de soldados y drones, sino de una infraestructura privada y de decisiones tomadas lejos del frente. En ese tablero, la libertad de operar, comunicarse y resistir queda atada a una red que puede convertirse en palanca política. Para Kiev, es un recordatorio incómodo: la soberanía en tiempos de guerra también se juega en manos de empresas y en la mesa de quienes controlan el apoyo exterior.

