Las cifras entregadas por el Ministerio de Salud encendieron una alarma sanitaria en Chile. La sífilis, la ITS con más notificaciones en el país, llegó en 2025 a una tasa de 55,2 casos por cada 100 mil habitantes, una proporción 2,4 veces mayor que la de 2016. La gonorrea, en tanto, aumentó cerca de 2,5 veces frente a 2021, un período marcado por las restricciones y dificultades del COVID-19 para detectar y seguir contagios.
María Jesús Hald, epidemióloga de la Facultad de Medicina de la Universidad Andrés Bello, lo resumió sin rodeos: «Estamos frente a una señal epidemiológica sostenida y no ante un incremento aislado de un año». Y agregó que estas enfermedades «nunca desaparecieron»: lo que hoy se observa es una intensificación de su transmisión.
La preocupación no se limita al número total de casos. También cambia el mapa de quiénes están cayendo enfermos. Los datos citados en la nota muestran que la sífilis concentra cerca del 85% de sus casos entre los 20 y 39 años, mientras la gonorrea se concentra todavía más en edades entre los 20 y 29 años. Pero al mismo tiempo aparece un fenómeno que obliga a mirar más allá de los jóvenes: el aumento de las ITS en personas mayores.
En hombres de 60 años y más, la tasa de gonorrea subió desde aproximadamente 3,9 por 100 mil en 2021 hasta 11,6 por 100 mil en 2025. En mujeres de 60 años, los casos notificados de sífilis se duplicaron en cuatro años, de 14,4 en 2021 a 28,8 por cada 100 mil habitantes en 2025.
Fernanda Cabrera, enfermera-matrona de APROFA, dijo que el alza «refleja un desafío sanitario que impacta a personas jóvenes y adultas por igual». Y añadió un punto de fondo que ayuda a explicar el fenómeno: cambios en las conductas sexuales, incluida la mayor aceptación de relaciones consensuadas no monógamas, que en algunos casos se traducen en más parejas y menor uso de protección.
A eso se suma una baja percepción de riesgo. Cabrera recordó que existen tratamientos muy efectivos y económicos, como la penicilina para la sífilis desde hace más de 80 años, lo que puede llevar a subestimar estas infecciones. Pero la realidad clínica es otra: una sífilis no tratada puede tener consecuencias graves décadas después, desde lesiones en piel, órganos y huesos hasta daño coronario, demencia, derrames cerebrales, ceguera y sordera. La gonorrea, por su parte, puede causar infertilidad y dolores pélvicos crónicos.
Los protagonistas de esta historia no están solo en la consulta médica. También están en la trastienda de la prevención. Un estudio publicado en Scientific Reports, con datos de la Encuesta Nacional de Salud, Sexualidad y Género 2022–2023, mostró que sólo el 23% de los chilenos sexualmente activos declara usar condón de manera consistente, y apenas el 17% se ha realizado un examen de VIH u otras ITS durante el último año.
Para Hald, ese dato conecta con una pregunta incómoda: qué ocurre con la percepción de riesgo, con la educación sexual, con el acceso al diagnóstico y con la capacidad de cortar cadenas de transmisión. Su respuesta va en una sola dirección: no basta con esperar síntomas.
«Esperar a que aparezcan síntomas para testear es una estrategia insuficiente en poblaciones de mayor riesgo», afirmó. La escena lo dice todo. Tanto la sífilis como la gonorrea pueden transmitirse desde personas con síntomas invisibles o incluso sin síntomas, y eso convierte al testeo regular en una herramienta central.
Francisco Rojas, ginecólogo obstetra del Hospital Clínico Regional de Concepción, reforzó ese punto. Explicó que hoy hay más disponibilidad de exámenes, más oferta y más acceso, lo que vuelve razonable insistir en controles periódicos. También señaló que la incorporación de pruebas moleculares PCR y test rápidos permitió diagnosticar infecciones que antes pasaban inadvertidas.
Ese avance, sin embargo, no resuelve por sí solo el problema. «Es positivo, porque estamos llegando a una proporción más real de la población, pero también la gente está más expuesta», matizó Rojas. En otras palabras: más detección puede reflejar mejor información, pero no elimina el aumento real de contagios.
Hay además un sesgo en la política preventiva que queda al descubierto. Hald dijo que las campañas se enfocan principalmente en escolares y adultos jóvenes, sin considerar el alza crítica en personas de mayor edad. Rojas fue más directo: los mayores de 60 siguen teniendo vida sexual, pero al no estar expuestos al embarazo, cuestionan el uso de preservativo.
Cabrera coincidió en que uno de los principales desafíos es avanzar hacia una Educación Integral de la Sexualidad a toda edad. El diagnóstico es claro: el aparato de prevención sigue mirando con demasiada comodidad a un grupo etario y dejando otros fuera del radar.
Aquí está el giro de fondo. Cuando una política de salud pública ignora cómo cambian las conductas, los rangos de edad y los incentivos reales de la población, el costo termina pagándolo la gente, no la burocracia. En este caso, lo pagan personas que no se testeaban, campañas diseñadas con lentes viejos y un sistema que llega tarde a una transmisión que ya está instalada.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que las cifras dejaron de ser una tendencia abstracta y se volvieron un llamado de atención. Lo que está en juego no es sólo una curva epidemiológica: es la capacidad de prevenir con información, acceso y responsabilidad individual antes de que el problema siga creciendo.


