La escena lo dice todo.
Eran las 12:30 de la madrugada del 10 de agosto en la discoteca «La caldera del diablo», en Cali. Jairo Hernán Saavedra se acercó al DJ Prilla y le hizo una petición: que pusiera «Siempre Alegre», una canción de la orquesta La Selecta que escuchaba desde hacía más de 20 años. Luego, con la música todavía en el cuerpo, le dijo algo que el pinchadiscos intentó desechar con una broma: «Prilla, si algún día yo me muero, quiero que esta canción la pongan en mi lápida». DJ Prilla le respondió que iba a vivir mucho tiempo y que se verían en 15 días.
Siete horas después, el terremoto cambiaría para siempre la vida de Jairo y su familia.
El sismo de magnitud 7,4 estremeció el centro y suroeste de Colombia en la mañana del 10 de agosto. En el barrio Cuarto de Legua, en el sur de Cali, el edificio María Elvira colapsó. Dentro se encontraban seis integrantes de la familia Saavedra Caicedo: Jairo, su esposa Blanca Victoria Caicedo, sus tres hijas trillizas de 23 años —Ana María, Sofía e Isabella— y un tío materno.
Álvaro Vargas, vecino del sector, describió a la agencia EFE lo que vio desde la calle: «El terremoto fue de pánico. Cuando comenzó, escuchamos todo crujir, salí de mi casa con mi esposa y desde la calle vi el edificio donde vivían las trillizas caer, otro edificio de al lado también cedió y una nube de polvo cubrió todo. Pensé que era el fin».
Los detalles cuentan la historia.
Vecinos y voluntarios llegaron al sitio con baldes y martillos. Trabajaron entre los escombros durante horas. Solo Ana María fue encontrada con vida. Con el paso del tiempo fueron apareciendo los cuerpos de Jairo Hernán Saavedra, Blanca Victoria Caicedo, Sofía e Isabella. Esta última fue la más difícil de hallar. «Hasta el último momento mantuvimos la esperanza de encontrarla con vida. Hoy, esa esperanza se convierte en un dolor imposible de explicar», escribió en Instagram Diana March Espinosa, familiar de los Saavedra.
Ana María permanece ingresada en la Clínica Imbanaco. Enfrenta la pérdida de sus padres y de sus dos hermanas.
El barrio Cuarto de Legua quedó como una zona de desastre. Edificaciones colapsadas, viviendas con graves daños, vecinos que sacan muebles y ropa mientras intentan asimilar la magnitud de lo ocurrido. En el punto donde estaba el edificio de los Saavedra, operarios con maquinaria pesada remueven los últimos escombros. Entre el concreto aparecen hierros retorcidos y fragmentos de lo que hasta hace unos días era una residencia familiar.
«Eran personas muy queridas, se hacían querer, eran buenos seres humanos, muy alegres. Los vamos a extrañar», dijo a EFE Diana, otra vecina del sector. «Esto es una vaina que uno no se explica. Te puedo decir que todo el barrio está de luto, tenemos mucho dolor», agregó Vargas.
DJ Prilla recordó que la familia siempre se destacó por ser rumbera, alegre y formal. Esa noche, antes de irse, Jairo pidió un saludo en video para sus trillizas.
Para entender el presente hay que volver a esa semana.
Lo que ocurrió en Cuarto de Legua no es solo la crónica de una familia arrasada por un sismo. Es el recordatorio brutal de lo que significa vivir en zonas urbanas donde la infraestructura no está a la altura de la geografía. El edificio María Elvira no resistió. Tampoco el de al lado. Mientras los vecinos cavaban con baldes y martillos —herramientas de fortuna frente a toneladas de concreto—, la pregunta que el barrio no formula en voz alta pero que flota entre los escombros es cuántos edificios más en Cali y en otras ciudades colombianas están en las mismas condiciones.
Ana María Saavedra sobrevivió. El barrio intenta reconstruirse. Pero el silencio de los apartamentos desocupados, que contrasta con el ruido de los equipos de emergencia, es la imagen más honesta del desenlace: una familia que salió a bailar salsa y no volvió, y una ciudad que todavía no sabe bien qué hacer con sus propias grietas.



