En la sesión de este martes, mientras comparecía el secretario de Hacienda, Édgar Amador, varios senadores de Morena y del Partido del Trabajo aparecieron con el más reciente libro de Andrés Manuel López Obrador, «Pueblo», cuya versión física saldrá a la venta en librerías el próximo 12 de octubre.
La escena lo dice todo. En la trastienda del Senado, el libro volvió a funcionar como símbolo político y como objeto de reparto entre aliados de la 4T. Uno de los que presumió su ejemplar fue Adán Augusto López, quien el año pasado regaló el anterior libro del expresidente, «Grandeza», a cada uno de los 87 senadores de la 4T.
Esta vez, el obsequio salió del coordinador del grupo parlamentario del PT, Alejandro González Yáñez, quien dijo que compró una caja con 20 libros por 9 mil 960 pesos y que regaló 19 ejemplares. «A través de una persona que conozco de la editorial… una persona vinculada a la editorial me hizo favor de conseguir varios ejemplares», informó.
González Yáñez detalló que cada libro le costó 498 pesos. La imagen del reparto dejó ver a Ignacio Mier Velazco retirando en plena sesión la envoltura de su libro y hojeándolo, mientras Adán Augusto López mostraba el suyo a los fotógrafos y reporteros.
Entre los senadores que recibieron el libro estuvieron, además de Ignacio Mier, el presidente de la Mesa Directiva, Higinio Martínez; la vicepresidente Verónica Camino Farjat; Margarita Valdez; Manuel Huerta Ladrón de Guevara; Gerardo Fernández Noroña y Lizeth Sánchez, entre otros.
El episodio no es menor porque habla de prioridades y de símbolos. Mientras Hacienda comparecía ante el Senado, el foco de varios legisladores estuvo en el más reciente gesto editorial de López Obrador. En vez de discutir lo que pesa sobre el dinero de los contribuyentes, la escena mostró una mayoría ocupada en exhibir lealtades.
Para la base de la 4T, el libro funciona como una seña de identidad. Para el contribuyente, en cambio, la pregunta es otra: cuánto poder político sigue concentrando el legado de López Obrador dentro de las instituciones y cuánto espacio queda para una deliberación menos ritual y más enfocada en resultados.
Los protagonistas de la jornada no discutieron el fondo del debate fiscal en la imagen que dejó el Senado. Lo que quedó a la vista fue la persistencia de una cultura política donde el gesto simbólico pesa tanto como la responsabilidad pública. Y cuando esa lógica se instala en el aparato estatal, la política corre el riesgo de convertirse en ceremonia antes que en rendición de cuentas.


