A las 21:24 del sábado 18 de julio, la tierra se movió bajo Chongos Bajo. El sismo de magnitud 5.1, con epicentro a siete kilómetros al sur del distrito y a 24 kilómetros de profundidad, sacudió la provincia de Chupaca, en la región de Junín, en plena sierra central del Perú. Diecisiete minutos después llegó la réplica: magnitud 3.7, epicentro a 14 kilómetros al sur de la misma localidad, profundidad de 18 kilómetros.
La escena lo dice todo. Cuando los primeros equipos de Huancayo llegaron a Chongos Bajo, encontraron viviendas derrumbadas, establecimientos sanitarios dañados y cortes en el suministro eléctrico. También había caído la cruz del Cani Cruz de Chongos Alto, un monumento religioso de piedra, y se registraron derrumbes en el Antiguo Convento de Santiago de León.
El Instituto Nacional de Defensa Civil (Indeci) confirmó seis fallecidos. El viceministro de Salud, Henry Rebaza, declaró al Canal N que 26 personas heridas ya habían recibido el alta médica y que otras seis permanecían hospitalizadas. Los heridos fueron atendidos en el Hospital Nacional del Centro Daniel Alcides Carrión, en Huancayo, que también sufrió daños en sus dependencias. El Hospital Regional Materno Infantil El Carmen, también en Huancayo, registró afectaciones similares.
Rebaza precisó que en Chupaca hay unos cien miembros de personal sanitario —médicos, enfermeras y brigadistas locales— y que se está enviando más personal especializado junto con un hospital móvil. «Se están monitoreando todas las zonas en este problema, lo más importante es la salud; también estamos monitoreando los daños», declaró el funcionario.
La respuesta del aparato estatal fue rápida en términos de números. El Ministerio del Interior informó que la Policía Nacional del Perú desplegó más de 250 efectivos de unidades de Servicios Especiales, Emergencia, Rescate, Policía Canina, Sanidad y otras unidades especializadas. En paralelo, el Cuerpo General de Bomberos Voluntarios del Perú movilizó más de 50 efectivos y 10 unidades para labores de búsqueda, rescate, remoción de escombros y evacuación. Las Fuerzas Armadas también participaron en la remoción de escombros, según imágenes cedidas por el Ministerio de Defensa.
Los detalles cuentan la historia: los daños en dos hospitales de Huancayo, ciudad que funciona como eje de servicios para toda la región, no son un dato menor. Que los centros de atención médica más cercanos a la zona del desastre hayan quedado comprometidos justo cuando más se los necesitaba revela una vulnerabilidad estructural que va más allá del movimiento telúrico.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Junín es una región con historial sísmico conocido, y Chongos Bajo no es la excepción. La pregunta que queda flotando —y que las cifras oficiales no responden— es cuánto de lo que se derrumbó la noche del sábado llevaba años esperando caerse.
Desde Hemisferio, la lectura es inevitable: la respuesta operativa del Estado peruano fue visible y relativamente coordinada. Pero la acumulación de daños en infraestructura pública —hospitales, sistemas eléctricos, patrimonio histórico— apunta a décadas de inversión insuficiente en mantenimiento y construcción resistente. El libre mercado y la inversión privada en infraestructura regional no son la respuesta a un terremoto, pero sí lo son a la fragilidad que un terremoto expone. Mientras el debate político en Lima sigue girando en torno a otras prioridades, los ciudadanos de Chongos Bajo duermen esta semana con el recuerdo del suelo moviéndose bajo sus pies y con viviendas que ya no existen.



