La escena lo dice todo. Mientras el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile conducía en silencio las negociaciones sobre los aranceles de 12,5% que Estados Unidos aplicó al país, dos ministros sectoriales decidieron hablar en voz alta. El resultado fue una incomodidad diplomática que obligó al gobierno a salir a apagar el incendio.
El ministro de Agricultura, Jaime Campos, y el ministro de Defensa, Fernando Campos, fueron los protagonistas del episodio. Ambos emitieron críticas públicas a la política arancelaria del gobierno de Donald Trump, utilizando, según trascendió, palabras como «farsa» para describir la situación. Ninguno de los dos conduce las negociaciones con Washington: esa responsabilidad recae exclusivamente en Cancillería.
El embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, no dejó pasar el momento. «Creo que es muy decepcionante. Es muy decepcionante que, mientras hay negociaciones en curso, ministros que no tienen nada que ver con estas negociaciones estén haciendo comentarios, especialmente cuando usan palabras como 'farsa'», declaró el diplomático estadounidense.
La respuesta desde La Moneda llegó por boca del biministro de Interior y vocero, Claudio Alvarado. Su mensaje intentó tender un puente entre la defensa de sus colegas de gabinete y la necesidad de no irritar más a Washington en un momento delicado.
«Cada uno de nosotros tiene libertad para expresarse y para opinar, pero todas las opiniones de los ministros están dentro del mismo contexto, en orden a que son negociaciones que lleva adelante el Ministerio de Relaciones Exteriores», señaló Alvarado. El vocero subrayó además que los aranceles «complican algunos sectores productivos exportadores de nuestro país» y que esas opiniones son, a su juicio, «legítimas».
Alvarado también adelantó que «dentro de poco va a llegar un personero relevante importante de Estados Unidos a continuar conversaciones con el Ministerio de Relaciones Exteriores», y expresó la esperanza del gobierno de «poder revertir esa situación que afecta al sector exportador en muchos rubros».
Los detalles cuentan la historia. La secuencia revela una tensión interna en el gabinete chileno: ministros sectoriales que sienten el impacto de los aranceles en sus respectivas áreas —agricultura, defensa industrial— y que optaron por la tribuna pública en lugar del cauce diplomático. El resultado fue una fricción con la embajada estadounidense en el peor momento posible: cuando las conversaciones están en curso y cada palabra pesa.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Los aranceles de 12,5% anunciados por la administración Trump afectan de manera directa al sector exportador chileno, un pilar de la economía del país. Que dos ministros sin competencia negociadora hayan salido a calificar públicamente la medida no solo complica la trastienda diplomática: también envía una señal de descoordinación interna que el embajador Judd aprovechó para subrayar ante la prensa.
Desde la línea editorial de Hemisferio, el episodio ilustra un principio que los gobiernos de vocación intervencionista suelen ignorar: la política comercial no se gana en el estrado de las declaraciones, sino en la mesa de negociaciones. Cuando el aparato estatal habla con demasiadas voces y ninguna de ellas es la voz autorizada, el resultado no es presión sobre el interlocutor externo, sino ruido que debilita la posición propia. Los sectores exportadores chilenos —los que producen, los que emplean, los que generan divisas— merecen una diplomacia comercial coordinada, no un debate interno ventilado en público. El libre comercio se defiende con disciplina negociadora, no con adjetivos.



