El Teatro La Huaca del Centro de Convenciones Atlapa no es el escenario más grande del mundo, pero la noche en que el Ballet Nacional de Panamá tomó su tarima, el espacio se quedó pequeño. Familias, visitantes nacionales y extranjeros que recorrían los pasillos de la feria cambiaron el paso y se detuvieron. Lo que vieron fue, a la vez, técnica y memoria.
La función formó parte de la programación cultural de la XLVI Feria Nacional de Artesanías, que este año se celebra bajo el lema «Saberes Ancestrales» y permanecerá abierta hasta el 2 de agosto en el mismo recinto. La compañía presentó un repertorio construido sobre las expresiones folclóricas del país: Viva Panamá, El Gallo y la Gallina, Diablos Espejos, La Dama de la Pollera y Reto conformaron el cuerpo del espectáculo. El cierre, Al Tambor de la Alegría, fue la pieza más aplaudida de la jornada.
La propuesta artística no eligió entre tradición y técnica: las combinó. El ballet clásico sirvió de estructura; los ritmos y elementos de la danza típica panameña, de alma. El resultado fue un recorrido escénico por la identidad del país que resultó accesible —literalmente— para el público más amplio posible.
Los detalles cuentan la historia. La entrada a la feria cuesta tres dólares para adultos y 1.50 dólares para jubilados. Los niños menores de 12 años y los estudiantes que asistan con uniforme escolar entran de forma gratuita. No es un dato menor: significa que la experiencia cultural no quedó reservada para quienes pueden pagar una butaca de teatro convencional.
La feria, por su parte, registra este año un récord de 677 artesanos provenientes de todas las provincias y comarcas del país. Las piezas en exhibición y venta fueron elaboradas con técnicas tradicionales transmitidas de generación en generación, lo que convierte cada stand en un eslabón vivo de una cadena que el tiempo no ha roto. La agenda cultural que acompaña a los expositores —y de la que la gala del Ballet Nacional es el ejemplo más visible— cumple una función que va más allá del entretenimiento: sitúa el valor de esos oficios en un contexto más amplio.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Panamá atraviesa un momento en que la discusión sobre identidad nacional, inversión en cultura y preservación del patrimonio compite con agendas más ruidosas. En ese contexto, que una institución como el Ballet Nacional salga del circuito habitual de grandes teatros y lleve sus coreografías a un espacio de feria —donde el visitante no fue específicamente a ver danza, pero se queda— es una decisión con peso propio.
La escena lo dice todo. Un espectáculo que fusiona la disciplina del ballet con el folclor panameño, presentado en un recinto donde 677 artesanos demuestran que los saberes ancestrales no son pieza de museo sino oficio vivo y economía real: eso es exactamente lo que una política cultural orientada al mérito y a la identidad debería producir. No burocracia subsidiada sin audiencia, sino arte que encuentra a su público donde este ya está. El lema «Saberes Ancestrales» no es solo un eslogan de feria; es, en la mejor lectura posible, un programa.



