Martín Rejtman volvió a hablar de su película «Silvia Prieto» y, en la misma conversación, puso el foco en el presente argentino. El director, figura del llamado Nuevo Cine Argentino, recordó que la cinta de 1999 ha tenido un renacimiento tras una remasterización que recuperó el negativo original y la llevó a digital.
Ese rescate permitió que la película entrara al catálogo de MUBI y que se viera en México en dos funciones especiales: una en Guadalajara, como parte del Festival MUBI en el que Rejtman fue invitado especial, y otra el pasado 22 de septiembre en la Cineteca Nacional.
Pero la entrevista fue más allá del cine. Rejtman habló del lugar que ocupan hoy sus películas, de la clase media argentina que suele retratar y del impacto que tiene la crisis cultural en su país. Dijo que las historias pueden persistir más allá de la época en que fueron filmadas y que, en sus últimas proyecciones, ha visto mucha gente joven entre el público.
También señaló que hay una fascinación por los años 90 y por el fílmico, y recordó que escribió «Silvia Prieto» para Rosario Bléfari, a quien describió como una artista excepcional. Bléfari falleció hace unos años y, según Rejtman, tiene seguidores en distintos puntos de Latinoamérica.
Al mirar el presente, el cineasta fue directo. Dijo que Argentina tiene «un gobierno un poco raro» y «muy fuera de la norma». También afirmó que el mundo atraviesa un momento raro, con países que se van a extremos impensados en otro tiempo y que eso tiene repercusiones graves en todo.
En ese marco, situó el golpe más duro en la cultura. Sostuvo que para ese sector la situación es «casi una estocada», aunque aclaró que no de muerte, porque la cultura siempre va a sobrevivir de algún modo. Su frase más dura fue otra: dijo que le resulta terrible sentir que la cultura, más que un valor para un país, es un enemigo, y remató: «El Estado argentino considera la cultura su enemigo».
Rejtman también reconoció que siguen apareciendo obras nuevas en Argentina, pero con menos recursos. Dijo que la literatura requiere menos inversión que el cine o el teatro, y que en Buenos Aires hay muchísima actividad teatral, con salas de todo tipo, desde producciones grandes hasta otras muy pequeñas e independientes.
La escena lo dice todo. Mientras el Estado argentino aprieta el presupuesto y pone en crisis funciones del INCAA, una parte del país cultural sigue produciendo con menos dinero y más precariedad. Esa tensión no es menor: cuando el aparato estatal deja de ver a la cultura como un bien público y la convierte en blanco, el costo no lo paga una élite artística sino el público, los creadores y la libre circulación de ideas.
Para Hemisferio, el giro importa por algo más que una pelea sectorial. La cultura no es una concesión decorativa del poder; es una parte de la vida civil que sostiene memoria, identidad y mercado de trabajo. Si el dinero de los contribuyentes termina en burocracia inútil, mala gestión o recortes ciegos, el debate no debe ser cuánto calla el arte, sino cuánto pierde una sociedad cuando el Estado decide tratarlo como adversario.



