La plaza frente a la iglesia de Nuestra Señora de la Luz estaba llena la noche del sábado. Cientos de vecinos de Temascalcingo, un municipio de unos 66.000 habitantes en el Estado de México, se habían reunido para ver el castillo de fuegos artificiales que cierra cada año la fiesta patronal. Nadie imaginaba que esa espera terminaría en tragedia.
Según confirmaron autoridades mexicanas, el material pirotécnico explotó junto al templo y provocó el colapso de una pared. El saldo, reportado por funcionarios estatales, fue de al menos diez muertos y 64 heridos. La escena lo dice todo: un video difundido en redes sociales muestra a decenas de personas caminando entre el humo y los escombros, buscando sobrevivientes, mientras equipos de emergencia usaban mangueras para apagar el fuego.
Temascalcingo queda a unos 160 kilómetros —cerca de 100 millas— al noroeste de la Ciudad de México. La fiscalía del Estado de México abrió una investigación para determinar qué provocó el estallido, pero hasta el momento la causa no ha sido establecida.
Entre los heridos hay dos sacerdotes, según informó un obispo local citado por la cadena KSBW. La cifra de víctimas podría variar en las próximas horas, a medida que avancen los reportes médicos y la identificación de cuerpos.
No es la primera vez que una celebración religiosa en México termina marcada por la pólvora. Hace unos cuatro años, otra explosión en el estado de Hidalgo dejó 17 personas heridas, de acuerdo con el mismo reporte. El patrón se repite: pueblos pequeños, fiestas patronales, castillos de fuegos artificiales manejados con escaso control técnico y consecuencias que, cada vez, se cuentan en vidas humanas.
Para entender el presente hay que volver a esas escenas repetidas. La pirotecnia es, en muchas comunidades mexicanas, más que un espectáculo: es una tradición económica y religiosa que sostiene a decenas de familias productoras, sobre todo en localidades como Tultepec, en el propio Estado de México, conocidas por su industria artesanal de fuegos artificiales. Esa misma tradición, sin embargo, ha sido escenario de explosiones fatales una y otra vez, y cada episodio reabre la misma pregunta sin respuesta definitiva: quién supervisa el almacenamiento y el manejo de la pólvora antes de que llegue a la plaza del pueblo.
Las autoridades locales no han señalado hasta ahora ninguna falla específica de supervisión en Temascalcingo, y la investigación de la fiscalía estatal apenas comienza. Pero el hecho de que la causa del estallido siga sin determinarse, mientras el número de víctimas ya asciende a decenas, vuelve a exponer un vacío estructural: la distancia entre la fiesta popular, protegida por la tradición y la fe, y la capacidad real del Estado para garantizar que ese festejo no termine en cementerio.
La trastienda de estos episodios rara vez cambia. Un municipio pequeño, una plaza abarrotada, un castillo pirotécnico manejado con reglas laxas o inexistentes, y una autoridad estatal que llega después del estallido, no antes. El desenlace, una vez más, es una fiscalía abriendo expediente sobre los restos de una fiesta que debía ser de celebración.
Más allá del dolor inmediato de las familias de Temascalcingo, el episodio interpela directamente a la capacidad del Estado mexicano para hacer cumplir estándares mínimos de seguridad en un país donde la pirotecnia artesanal convive, sin demasiada vigilancia efectiva, con eventos masivos. No se trata de prohibir una tradición centenaria ni de imponer burocracia asfixiante sobre productores familiares que dependen de esa actividad para vivir, sino de algo más elemental: que la autoridad estatal cumpla su función esencial de proteger la vida de los ciudadanos que se congregan confiando en que las fiestas patronales están, al menos, mínimamente reguladas.
Cuando la explosión de Hidalgo hace cuatro años y la de Temascalcingo este sábado comparten el mismo patrón —pólvora artesanal, multitud desprevenida, causa sin determinar—, la pregunta que queda flotando no es solo técnica sino de fondo: si el aparato estatal mexicano, una y otra vez, llega tarde al lugar donde debía haber estado antes.



