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Plástico en las arterias

Un estudio publicado en European Heart Journal detectó concentraciones de micro y nanoplásticos casi tres veces mayores en la sangre coronaria de pacientes con infarto agudo que en personas con arterias sanas. Los propios autores advierten que la muestra es pequeña y que la relación causal aún no está establecida.
Imagen ilustrativa
miércoles 15 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un equipo de investigadores toma muestras de sangre directamente de las arterias coronarias de 61 pacientes en hospitales de Italia y, al analizarlas con tecnología de identificación química, encuentra fragmentos de plástico donde, hasta hace poco, nadie había pensado buscarlos.

El estudio, publicado en European Heart Journal —la revista de la Sociedad Europea de Cardiología—, fue liderado por Pasquale Paolisso y Lucia Scisciola, de la Universidad de Campania «Luigi Vanvitelli», con la participación del Hospital Universitario Sant'Andrea de la Universidad Sapienza de Roma, el Hospital Universitario Integrado de Verona, el IRCCS MultiMedica de Milán, la Universidad de Bolonia y el Boston College de Estados Unidos.

Los investigadores dividieron a los 61 participantes en tres grupos: 19 con infarto agudo con elevación del segmento ST (la forma más grave, conocida como STEMI), 20 con síndrome coronario crónico y 22 controles con arterias normales. Los resultados del análisis comparativo son los que han encendido las alertas en la comunidad cardiológica.

Los micro y nanoplásticos se detectaron en el 84% de los pacientes con infarto agudo, frente al 40% del grupo con enfermedad crónica y el 31,8% de los controles. La concentración en la sangre coronaria de los pacientes con infarto fue casi tres veces mayor que la de las personas con arterias sanas. El polímero más frecuente fue el polietileno —el material de los envases y las bolsas de uso cotidiano—, presente en el 97% de los casos con partículas detectables.

Los detalles cuentan la historia. Los pacientes con infarto agudo presentaron también los niveles más altos de interleucina-6 (IL-6) y factor de necrosis tumoral alfa (TNF-α), dos proteínas asociadas a la inflamación, especialmente en la sangre coronaria. En el análisis multivariable, el tabaquismo resultó ser el único predictor independiente de la presencia de micro y nanoplásticos, con una probabilidad 5,69 veces mayor en fumadores. A su vez, la detección de plásticos fue un predictor independiente de enfermedad coronaria obstructiva, con una probabilidad 4,48 veces mayor respecto a quienes no tenían partículas detectables.

Los propios autores son los primeros en marcar los límites de su trabajo. El tamaño de la muestra —61 personas— obliga a tratar los resultados como exploratorios. El estudio es transversal: captura un momento, no sigue a los pacientes en el tiempo. Tampoco midió otras vías de exposición como la alimentación o el agua. Y, de manera explícita, los investigadores señalan que el estudio no establece una relación de causa y efecto entre los plásticos y el infarto. Como pasos futuros, sugirieron estudios que cuantifiquen la exposición individual, evalúen la carga combinada de distintos contaminantes e incorporen el concepto de «exposoma»: el conjunto total de exposiciones ambientales a lo largo de la vida.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. Durante décadas, la cardiología concentró su mirada en los factores de riesgo clásicos: colesterol, hipertensión, tabaco, sedentarismo. El papel de los contaminantes ambientales recibió mucha menos atención. Este estudio no cierra ese debate; lo abre con datos concretos, aunque preliminares.

Lo que el hallazgo sí pone sobre la mesa es una pregunta incómoda para el debate de políticas públicas: si el polietileno —el plástico más producido y distribuido del mundo, presente en casi toda cadena de consumo— aparece en el 97% de los casos con partículas detectables en arterias coronarias, la conversación sobre regulación de materiales ya no puede limitarse al reciclaje o al impacto ambiental visible. Los datos son preliminares, los autores lo reconocen, y la ciencia exige cautela antes de saltar a conclusiones. Pero ignorar la señal porque la muestra es pequeña sería el error opuesto. La trastienda de este tipo de investigación suele ser la misma: los estudios exploratorios que nadie financió a tiempo son los que, años después, reescriben los protocolos clínicos.

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