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Pinky, el perro de los escombros

Rescatado por socorristas salvadoreños al cuarto día del terremoto en Venezuela, el canino viaja a Colombia mientras se tramita su traslado a España, donde vive la familia de sus cuidadoras, fallecidas en el sismo.
Imagen ilustrativa
sábado 11 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un perro sale de entre los escombros al cuarto día de búsqueda, tras casi cinco horas de operativo, y lo primero que hace es llenar de besos al rescatista que acaba de salvarle la vida. El video recorrió el mundo en cuestión de horas.

El canino se llama Pinky. Los socorristas que lo extrajeron con vida pertenecen a un equipo de El Salvador desplegado en Venezuela tras los terremotos que sacudieron al país. El presidente Nayib Bukele compartió personalmente el video del rescate, aunque en ese momento anunció que la mascota rescatada era una perrita llamada Giselle, nombre que circulaba entre los vecinos del edificio derrumbado, quienes recordaban que en ese inmueble había quedado atrapada una canina con ese nombre.

Fue el equipo veterinario el que aclaró la confusión. Los especialistas viajaron desde Medellín para apoyar las labores de rescate, convocados por las organizaciones Manejo Humanitario de Fauna Callejera, Mundo Peludo y Balance Dogs. Al examinar al animal, comprobaron que se trataba de un macho. A Giselle, hasta el cierre de las labores, no pudieron encontrarla.

Pinky fue entregado por los «topos» centroamericanos al equipo veterinario colombiano al término del operativo. Desde allí comenzó un segundo viaje: el canino fue trasladado a Medellín, donde quedó bajo custodia de las tres fundaciones mientras se adelantan los procesos administrativos necesarios para su traslado definitivo.

Los detalles cuentan la historia. Las organizaciones animalistas publicaron imágenes de Pinky en sus redes sociales. Gracias a esas publicaciones, fueron contactadas por familiares de las dos cuidadoras del perro, quienes fallecieron en el terremoto. Pinky fue el único sobreviviente de esa vivienda. Los familiares de sus dueñas viven en España, adonde migraron huyendo de la crisis venezolana. El destino final del perro es ese país, donde se reencontrará con ellos.

Mientras ese trámite avanza, Pinky permanece en Medellín. Las mismas fundaciones regresaron a Colombia con otros animales que tampoco pudieron ser reunidos con sus custodios en Venezuela y que serán puestos en adopción para familias colombianas.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. El operativo en Venezuela no fue solo una misión de búsqueda y rescate de personas: los equipos salvadoreños y los veterinarios colombianos trabajaron en paralelo para recuperar también a los animales atrapados. Que un perro haya sobrevivido cuatro días bajo los escombros y haya llegado sano a Medellín es, en sí mismo, un testimonio del alcance de esa cooperación regional.

La historia de Pinky condensa, en miniatura, varias de las tragedias que se acumulan en Venezuela: el terremoto, la pérdida de vidas, la diáspora que dispersó a familias enteras por España y Colombia, y la imposibilidad de muchos custodios de animales de ser localizados entre el caos posterior al desastre. El giro es que, en este caso, la cadena no se rompió del todo. Un video viral, tres fundaciones de Medellín y los registros en redes sociales bastaron para tender el puente entre los escombros de un edificio venezolano y una familia que espera en Europa.

Desde Hemisferio, la imagen merece una lectura más amplia. La respuesta al desastre llegó de El Salvador y de organizaciones civiles colombianas, no de un aparato estatal centralizado. Son los voluntarios, los veterinarios independientes y las fundaciones privadas quienes cerraron el circuito que el Estado venezolano no pudo —o no quiso— completar. Pinky llega a Medellín porque existe una sociedad civil activa a ambos lados de la frontera. Esa es la lección que el video viral no muestra, pero que los protagonistas de la historia conocen muy bien.

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