Arturo Peraza Celis, rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), sostuvo que Venezuela fracasará si la transición política no incorpora verdad, justicia y reparación a las víctimas. En su lectura, la reconciliación no puede reducirse a un gesto retórico ni a una exigencia para que las víctimas renuncien a sus reclamos.
Peraza afirmó que la reconciliación exige un pacto social y que la salida política no puede construirse sobre la revancha. «Sin reconciliación tenemos asegurado el fracaso otra vez» fue la idea central que atravesó su intervención, en la que insistió en que el país debe salir del conflicto sin borrar el daño ni diluir las responsabilidades.
El rector colocó el tema en una línea de continuidad con sus trabajos sobre la crisis venezolana. Dijo que la reconciliación va ligada al diálogo, la negociación, la justicia y la verdad, y que la política debe volver a ser un espacio para tramitar el conflicto y superarlo. La escena lo dice todo: en un país con heridas abiertas, la disputa ya no es solo por el poder, sino por la forma en que se narrará el daño y quién deberá responder por él.
En sus planteamientos, Peraza enumeró varios elementos que considera indispensables. Mencionó la creación de una comisión independiente con respaldo de organismos internacionales de derechos humanos; la obligación ineludible del Estado hacia las víctimas; el rechazo a que el proceso derive en venganza o impunidad; el acatamiento del artículo 23 constitucional y de los fallos de instancias internacionales sobre crímenes y torturas; y la necesidad de un pacto de gobernabilidad amplio, comparable en estabilidad institucional al suscrito en 1958.
También dijo que la reconciliación no puede basarse en la lógica de «perdónennos, olvídannos y pasen la página», frase que atribuyó a Jorge Rodríguez. Para Peraza, ese enfoque transfiere a un futuro indefinido un conflicto que seguiría persiguiendo a la sociedad. La reparación de la víctima, insistió, es central. Pero esa reparación no debe convertirse en un instrumento vindicativo que termine vaciando de contenido la justicia transicional.
En otro tramo, Peraza señaló que sin un proceso electoral el camino a la reconciliación es imposible, aunque no necesariamente como primer paso. Recordó que en 1958 se crearon en once meses las condiciones para unas elecciones, mientras que en 1999, según su lectura, el chavismo no abrió un camino de reconciliación sino uno de disrupción, enfrentamiento y polarización.
El rector fue más allá y sostuvo que el chavismo, con mayoría política, no actuó como un integrador de la sociedad sino como un disruptor. Esa fractura, dijo, llevó a un encontronazo que ha destruido a la sociedad venezolana. Su planteamiento deja una conclusión incómoda para cualquier transición: sin un piso común, sin reglas compartidas y sin una narrativa mínima sobre lo ocurrido, el país corre el riesgo de repetir el mismo desenlace.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La discusión sobre reconciliación no es decorativa ni académica: define si el próximo arreglo político será un mecanismo para reconstruir la convivencia o apenas una pausa antes del siguiente choque. Y ahí está el punto que incomoda al poder y a la oposición por igual: sin verdad, reparación y límites claros a la revancha, no hay estabilidad institucional que aguante.
Desde la óptica de Hemisferio, el principio en juego es simple: un país no se reconstruye sobre la impunidad ni sobre la venganza. La justicia debe proteger a las víctimas y fijar responsabilidades, no servir de combustible para perpetuar el conflicto. Si la transición venezolana aspira a durar, necesita orden, reglas y un pacto verificable; de lo contrario, la burocracia del recuerdo volverá a imponerse sobre la libertad de vivir en paz.


