Patricio Guzmán, figura central del documental chileno, murió este martes en París a los 85 años. Su trabajo estuvo ligado, ante todo, a Chile: a su memoria, a su historia política y a las contradicciones que lo acompañaron durante décadas.
Aunque realizó documentales en México y España, y filmó su única ficción, La rosa de los vientos (1983), entre Venezuela y Cuba, Guzmán volvió una y otra vez al país que convirtió en el centro de su obra. Desde El primer año (1972) y La batalla de Chile (1975-1979), sus películas se concentraron en la Unidad Popular y en la realidad nacional durante el gobierno de Salvador Allende.
Esa obsesión siguió hasta sus últimos años. En 2021, mientras trabajaba en Mi país imaginario (2022), su último largometraje, dijo a Culto que había recibido ofertas de América Latina, Europa y Estados Unidos para filmar otros temas, pero que no quería apartarse del tema chileno.
Con su muerte, Chile pierde a uno de los últimos integrantes de la oleada de cineastas surgidos entre fines de los 60 y principios de los 70. También pierde al autor de uno de los mejores documentales políticos de todos los tiempos, según la valoración que lo ha acompañado en la crítica y en la memoria cinéfila.
Su alcance, sin embargo, fue mucho más amplio que el chileno. La recepción internacional de su obra quedó reflejada en muestras de afecto desde directores, cinetecas, festivales y academias de cine de distintos lugares del mundo. Isabel Orellana recuerda, por ejemplo, una conversación con Bong Joon-ho en el Festival de Mar del Plata de 2013.
Según Orellana, cuando el director surcoreano supo que ella era chilena comenzó a hablarle de La batalla de Chile y de cuánto lo había marcado. «En su cine se nota esa huella», dijo, al asociar esa influencia con la lucha de clases como motor del conflicto dramático.
En Chile, la película primero circuló de forma informal, gracias a copias que se movían a espaldas de la dictadura, y más tarde llegó de manera oficial. René Ballesteros recuerda haberla visto en Temuco en los 90. La escena lo dice todo: para varios realizadores, ese documental abrió una ventana a un país distinto y a otras formas posibles de vivir y crear.
Ballesteros lo describió como un «remezón» y «un cometa en medio de la noche de Temuco». Para él, no solo fue un registro histórico, sino una prueba de que existían otras maneras de contar el país y de imaginarlo.
Otra dimensión de Guzmán fue su papel como formador. Cristóbal Valenzuela destacó sus seminarios y charlas en universidades y espacios dedicados al cine, además de su trabajo con Fidocs, el Festival Internacional de Documentales de Santiago, que fundó en 1997. Ese espacio le permitió mostrar por primera vez La batalla de Chile en pantalla grande a nivel local y conectar con nuevas generaciones.
Valenzuela dijo que sus seminarios de cuatro días fueron muy inspiradores cuando hacía Robar a Rodin (2017), porque Guzmán hablaba de lo cinematográfico en el documental, de los «dispositivos» y de los recursos audiovisuales. «Fue muy generoso con sus conocimientos y experiencias», señaló.
Sebastián Moreno también recordó ese efecto formativo. Cuando se unió al equipo de Chile, la memoria obstinada (1997), vio por primera vez a un autor construir una película sobre su propia historia y, al mismo tiempo, sobre la historia reciente de Chile. Moreno subrayó que Guzmán no se limitaba a reconstruir el pasado: lo recreaba y lo reinventaba cinematográficamente para transmitir una emoción.
Con el tiempo, añadió Moreno, ese gesto ayudó a instalar la subjetividad como un argumento mayor del documental. En un Chile donde había poco espacio para una exploración no convencional, ese giro abrió una puerta para varias generaciones de realizadores.
Guzmán dejó una obra inseparable de la memoria de Chile y de la forma en que el país se mira a sí mismo. Su legado no se mide solo por la estatura de sus películas, sino por haber convertido al documental en una herramienta de interpretación histórica y emocional.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que su muerte volvió a poner en primer plano el peso de la memoria. La herencia que deja no le pertenece al aparato cultural ni a una élite cinéfila: pertenece a una tradición de libertad creativa que desafió la desconfianza frente a la subjetividad y amplió el espacio del cine chileno.
Los detalles cuentan la historia. En tiempos de burocracias culturales y de relatos prefabricados, Guzmán defendió una mirada personal sobre el país. Ese es el punto que queda: cuando el Estado y las instituciones pasan, la obra permanece. Y con ella, la posibilidad de que el cine siga interrogando la historia en vez de acomodarse a ella.



