Entre los miles de jóvenes con jeans nevados y camisas cuadrillé que llegaron al Estadio Chile la tarde del 2 de noviembre de 1986, había un adolescente de 16 años que ya entendía que algo estaba cambiando. Chalo González había comprado una entrada para ver a Los Prisioneros, presentando su nuevo disco, el electrónico Pateando Piedras. "Yo ya había quedado medio impresionado con La voz de los ’80", recuerda al teléfono con Culto. "Como todos los jóvenes de clase media, éramos muy sensibles a cualquier cosa que hicieran Los Prisioneros en ese momento, porque sonaban muy diferente a todo lo que había entonces".
Ese concierto, dice González, tuvo el clima de una ruptura. "Fue como una isla en un mar de represión e inseguridad. Esa catarsis en el Estadio Chile es inolvidable para quien haya ido". Antes de eso, la banda llevaba un peregrinar más bien underground, entre kermeses y colegios. Pero cuando salió al escenario del Estadio Chile con Muevan las industrias, el impacto fue inmediato: "Tú estabas viendo a una banda europea: salieron con otra pinta, iluminación, sonido y equipos".
Lanzado por EMI el 15 de septiembre del "año decisivo", Pateando Piedras fue el segundo disco del trío formado por González, Narea y Tapia. Su efecto fue más que musical: amplió la base de público y cambió la posición del grupo dentro de la escena chilena. "Marcó un antes y un después en esa historia inicial de Los Prisioneros porque fue el álbum que los llevó a convertirse en la banda chilena más importante de ese momento gracias a sus hits como Por qué no se van o El baile de los que sobran", explica Alejandro Tapia, autor de Ya viene la fuerza: Los Prisioneros 1980-1986.
El disco también introdujo un giro sonoro claro. Del formato clásico de guitarra, bajo y batería que había marcado La voz de los ’80, el trío pasó al universo de teclados y baterías programadas. En un Chile dominado por Sábados Gigantes y el Festival de la Una, la apuesta era sonar moderno. Julio Osses, autor de Exijo ser un héroe, la historia de Los Prisioneros, lo resume así: "Pateando Piedras inaugura una modernidad en Chile que no habíamos visto". Y agrega que esa modernidad "ya estaba insinuada en La voz de los ’80, pero Pateando Piedras la lleva a su extremo y la consolida".
La figura de Jorge González quedó inevitablemente asociada a ese salto. Emiliano Aguayo, autor de Maldito Sudaca: Conversaciones con Jorge González, sostiene que con este álbum "él se posiciona como el mayor compositor de la década y, con el tiempo, uno de los mayores compositores de la historia de la música chilena", porque el trabajo fue desarrollado especialmente por él junto con Miguel. Aguayo añade una lectura interesante: gracias a la popularidad y al lanzamiento de Pateando Piedras, mucha gente empezó a escuchar más La voz de los ’80, que había sido un fenómeno más de boca a boca.
La circulación del disco también habla de su época. Primero llegó en cassette, y así lo conoció Pablo Ilabaca. "Lo conocí gracias a mis hermanos, porque tenían el cassette, incluso a mis padres les gustaban mucho Los Prisioneros", recuerda. Oriundo de Gran Avenida, dice que los sanmiguelinos eran una especie de ídolos locales. "Para la gente de la zona, que Los Prisioneros vivieran en la Gran Avenida era un orgullo".
Ese orgullo se repetía en otras ciudades. Francisco Durán, de Los Bunkers, recuerda haber visto a la banda en 1987 en la Ferbio, en Concepción. Tenía 5 años. "Tuvimos la fortuna de verlos el año ’87", dice. "Yo tenía 5 años, nos llevaron nuestros padres y a propósito del disco Pateando Piedras, tengo el recuerdo muy vivo de ir saliendo después del concierto con toda la gente, que iban cantando las canciones".
Piero Duhart, de De Saloon, también escuchó el álbum en la infancia. "Es un disco que llegó a mi casa por mi hermano mayor", cuenta. "Me acuerdo que era un cassette blanco, lo escuchaba muchísimo, me encantaba mucho ese disco". Y Pedropiedra, que tenía 8 años cuando salió, recuerda haber prestado atención a palabras y frases que quedaron incrustadas en la memoria popular: "Siempre me llamó la atención el ‘voy a llegar a la gran máquina’, el ‘González ni Tapia’, ‘barro más cemento’".
Más que un simple segundo álbum, Pateando Piedras aparece, a 40 años de su lanzamiento, como el momento en que Los Prisioneros dejaron de ser una banda seguida por nichos para convertirse en un fenómeno nacional. El salto fue artístico, pero también de escala: una banda que había crecido en colegios y kermeses terminó ocupando el centro de la conversación juvenil chilena.
Y ahí está la clave del legado. Cuando un grupo logra pasar del circuito pequeño a la masividad sin perder identidad, algo en la cultura se reordena. Pateando Piedras no solo consolidó a Los Prisioneros: mostró que una propuesta hecha desde San Miguel podía competir con cualquier estándar y cambiar la música chilena desde la periferia hacia el centro.


