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Paraísos del Istmo: Panamá certifica comunidades como destinos turísticos

La Ley 541, publicada en Gaceta Oficial el 7 de julio de 2026, crea un programa nacional que integra al sector privado, gobiernos locales y comunidades organizadas para descentralizar el desarrollo turístico hacia el interior del país.
Imagen ilustrativa
jueves 9 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Turistas recorriendo la Batería Santiago en Portobelo, visitantes en el Sendero de La India Dormida en El Valle de Antón, ferias en Boquete: Panamá lleva años exhibiendo una riqueza patrimonial que, en buena medida, no ha encontrado el andamiaje institucional para convertirse en motor económico sostenido. La Ley 541 es el intento más reciente de cambiar esa ecuación.

La norma fue aprobada y publicada en la Gaceta Oficial 30562 del 7 de julio de 2026. Su promotor es el diputado independiente Roberto Zúñiga, y su nombre oficial es Programa Nacional de Desarrollo Turístico y Patrimonial «Paraísos del Istmo». El mecanismo central es la certificación: comunidades panameñas podrán obtener ese sello por su valor histórico, cultural, ambiental, social y gastronómico, siempre que cumplan una serie de requisitos concretos.

Los detalles cuentan la historia. Para acceder a la certificación, una comunidad deberá presentar un inventario de atractivos turísticos, culturales o naturales; un plan de desarrollo turístico local; medidas acreditadas de conservación del patrimonio; criterios de accesibilidad para personas con discapacidad; y la delimitación de su polígono turístico. La certificación tendrá vigencia inicial de cinco años, renovable por periodos iguales.

Una vez certificadas, las comunidades podrán acceder a apoyos institucionales y financieros. Los recursos podrán destinarse a infraestructura turística, señalización, embellecimiento urbano, centros de información, restauración del patrimonio, capacitación de prestadores de servicios, promoción del destino y mejoras de servicios básicos que impacten la experiencia del visitante.

Zúñiga fue explícito sobre el propósito: «Panamá tiene comunidades con una riqueza natural, histórica y cultural extraordinaria. Con esta ley buscamos convertir ese potencial en oportunidades reales para sus habitantes, promoviendo el turismo responsable, el emprendimiento local y la conservación de nuestro patrimonio».

La arquitectura de la ley integra al Estado, los gobiernos locales, el sector privado y las comunidades organizadas. El diputado subrayó que el objetivo no es solo la promoción turística, sino que los territorios certificados cuenten con planes de desarrollo, capacitación, infraestructura básica, conservación patrimonial y mecanismos de seguimiento. Un punto que la norma deja claramente establecido: la ley no crea exoneraciones fiscales ni incentivos tributarios directos.

Para entender el presente hay que volver a esa semana. Panamá ha dependido históricamente del Canal, la banca y la logística como columnas de su economía. El turismo de interior —el que nace de la historia, la gastronomía y el paisaje de comunidades alejadas de Ciudad de Panamá— ha funcionado de manera dispersa, sin certificación ni respaldo institucional articulado. La Ley 541 apunta a corregir esa asimetría, descentralizando las oportunidades económicas hacia el interior del país.

La lectura de Hemisferio. La iniciativa del diputado Zúñiga tiene el mérito de apostar por el emprendimiento local y la libre empresa comunitaria como palancas del desarrollo, en lugar de construir otro aparato estatal centralizado. Que la ley no contemple exoneraciones fiscales ni incentivos tributarios directos es una limitación real: la experiencia regional muestra que los destinos turísticos emergentes necesitan señales de precio claras para atraer inversión privada sostenida. Sin ese componente, el programa corre el riesgo de depender excesivamente del financiamiento público y de la voluntad burocrática de turno.

Dicho esto, el modelo de certificación con requisitos verificables —inventario, plan local, conservación, accesibilidad— introduce disciplina y rendición de cuentas que muchos programas de fomento regional nunca han tenido. Si el gobierno del presidente Mulino logra que el sector privado se siente a la mesa con las comunidades certificadas, «Paraísos del Istmo» podría convertirse en algo más que un sello: en una ruta de inversión con reglas claras. Esa es la apuesta. El desenlace dependerá de cuánta burocracia se acumule entre la certificación y el primer emprendedor que decida abrir las puertas.

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