Panamá tuvo un segundo trimestre de 2026 con crecimiento de 6.4%. El dato, por sí solo, suena a buena noticia y lo es: la economía produjo B/.1,204 millones más, en términos reales, que en el mismo trimestre del año anterior.
Pero la escena económica tiene más de un plano. El propio registro recuerda que el segundo trimestre de 2025 había crecido 3.4%, por lo que existe una base de comparación menos dinámica. Aun así, la pregunta que queda flotando es otra: si el país crece a ese ritmo, ¿por qué tantos panameños todavía no lo sienten?
La respuesta parcial está en el mercado laboral. El último dato disponible sitúa el desempleo total en 10.4%, correspondiente a septiembre de 2025. Además, el 47.1% de la población ocupada no agrícola se encuentra en la informalidad. Esa combinación ayuda a explicar por qué crecimiento y bienestar no avanzan necesariamente al mismo ritmo.
La cifra de expansión tampoco se traduce de manera uniforme en empleo. Canal, puertos, logística, aviación, comercio y servicios siguen siendo sectores fundamentales para Panamá, pero varios de ellos son intensivos en capital y tecnología. Pueden aumentar su producción sin elevar el empleo en la misma proporción.
Ahí aparece una parte decisiva del giro: la productividad. Hace pocos días, Stanley Motta explicó que, si la economía crece y el empleo no lo hace al mismo ritmo, una de las razones puede ser que el país está siendo más productivo. Y esa lectura no es menor. Una mayor productividad es indispensable para sostener mejores salarios y calidad de vida.
El problema es que la economía también exhibe una contradicción persistente: hay panameños buscando trabajo y empresas que no encuentran los trabajadores que necesitan. En Café con La Prensa, dedicado al talento que Panamá necesita, se destacó que el 65% de los empleadores reporta dificultades para encontrar el talento requerido.
Los protagonistas del debate ponen el dedo en una falla de fondo: la brecha entre educación y mercado laboral. Universidades e institutos técnicos deben conocer mejor las necesidades de la economía, pero las empresas tampoco pueden esperar al trabajador perfecto. Capacitar, ofrecer pasantías y abrir la primera oportunidad laboral aparecen como piezas centrales.
La nueva ley de pasantías se presenta como una herramienta para fortalecer ese vínculo entre educación y empleo. Si funciona, puede ayudar a cerrar la distancia entre lo que enseñan las aulas y lo que exigen las empresas. En un país donde casi la mitad de los ocupados no agrícolas está en la informalidad, esa conexión no es un lujo académico: es una condición para ampliar la movilidad real.
La inteligencia artificial añade otra capa de presión. Algunas tareas serán automatizadas, muchas profesiones cambiarán y surgirán otras. La pregunta, entonces, no es solo cuántos empleos podría reemplazar la IA, sino cuántos panameños están siendo preparados para trabajar con ella.
En esa transición, también gana valor aquello que cuesta más automatizar: electricistas, plomeros, mecánicos, técnicos y otros trabajadores especializados. Lo mismo ocurre en los oficios donde el cuidado, la confianza, la empatía y el contacto humano siguen siendo esenciales. No todos los jóvenes necesitan un título universitario; una formación técnica también puede conducir a una vida profesional digna y bien remunerada.
El país, por tanto, no enfrenta solo el reto de crecer. Enfrenta el desafío de traducir ese crecimiento en empleo de calidad, menos informalidad y más productividad. Sin esa cadena completa, una expansión de 6.4% corre el riesgo de sentirse, para demasiados, como una cifra que pasa por encima de la vida cotidiana.
Para entender el presente hay que volver a esa semana: el dato macro fue bueno, pero el mercado laboral sigue hablando con más dureza. Y cuando el empleo no despega al mismo ritmo que la economía, el beneficio se concentra y el alivio tarda en llegar.
La lección es clara. Panamá necesita seguir creciendo, sí, pero también necesita que el dinero y la oportunidad circulen más allá de las grandes cifras. El crecimiento que no se convierte en trabajo, movilidad y formación termina dejando demasiado espacio entre la estadística y la mesa de cada familia.



