Nueva York volvió a concentrar durante una semana a ejecutivos, activistas y funcionarios en torno al clima, pero el tono ya no fue el de otras ediciones. Lo que hace un año parecía en riesgo de desinflarse por el ambiente anti-clima creado por la Administración Trump, esta vez reapareció con más asistencia, más debate y menos retórica solemne.
En la trastienda de paneles y cenas, los protagonistas cambiaron el vocabulario. «Acción climática», «cero neto» y «emisiones» quedaron relegados, mientras ganaron terreno expresiones como «seguridad energética», «competitividad» y «asequibilidad». El giro no fue menor: la conversación dejó de apoyarse en consignas amplias y se apoyó en los costos concretos que enfrentan empresas y consumidores.
Durante la semana, líderes de algunas de las mayores compañías del mundo pasaron de un foro a otro para discutir la demanda eléctrica impulsada por la inteligencia artificial, las disrupciones geopolíticas en los mercados de energía y el estado de la política energética y climática. También apareció con fuerza el rechazo político a los centros de datos, vinculado al aumento de los precios de la electricidad.
El conflicto en Irán fue uno de los temas más visibles. La perturbación de los mercados energéticos derivada de esa guerra ocupó un lugar central en las conversaciones. A eso se sumó otro dato que ya nadie pudo esquivar: los efectos del cambio climático —tormentas, olas de calor e incendios— empezaron a traducirse en daños económicos reales que incluso las firmas más resilientes ya no pueden ignorar.
«Ahora la gente mira las cosas que causan volatilidad y las conecta», dijo Sarah Kapnick, jefa de asesoría climática de JPMorgan, durante un panel de Climate Week. «Están conectando geopolítica con sostenibilidad, clima e inteligencia artificial».
Hubo, sin embargo, un matiz importante. Aunque la presencia estadounidense fue fuerte, varios observadores notaron una menor participación de líderes de fuera de Estados Unidos, en especial de Europa. Un líder climático europeo le señaló al autor que muchos prefieren no viajar a Nueva York y concentran sus esfuerzos en la London Climate Action Week y otros encuentros al otro lado del Atlántico.
La persistencia del evento también revela algo más profundo: el clima dejó de ser solo una bandera ideológica y pasó a ser un problema de negocios y de economía. Las empresas ya no pueden hablar de sostenibilidad como si fuera un asunto separado de la factura eléctrica, la seguridad del suministro o la presión sobre la infraestructura digital. El mercado, una vez más, empujó la discusión hacia donde importan los incentivos y los precios.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El cambio de lenguaje importa porque muestra que incluso en un tema cargado de activismo, la realidad termina imponiendo términos más cercanos a la gestión que a la consigna. Cuando el debate se mueve desde los eslóganes hacia la energía asequible y la competitividad, el asunto deja de ser un símbolo y vuelve a ser un problema de costo, inversión y decisión empresarial.
Eso no resuelve la discusión de fondo, pero la aterriza. Si la reducción de emisiones va acompañada de crecimiento económico, el resultado merece celebrarse, incluso si nadie usa la etiqueta correcta. La cuestión es si una conversación que evita ir al centro del problema puede sostenerse por mucho tiempo. En el fondo, lo que está en juego es quién paga la transición, qué tan libre queda el sector privado para adaptarse y cuánto margen conserva la economía para responder sin más carga burocrática ni más distorsiones sobre la inversión.



