Las autoridades de Nueva York identificaron a una segunda víctima de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center usando genealogía genética investigativa avanzada, anunciaron funcionarios de la ciudad el miércoles.
La víctima era una mujer que murió cuando colapsaron las Torres Gemelas. A pedido de su familia, no será nombrada públicamente, informó la oficina del médico forense de la ciudad a Newsday.
Es la segunda identificación lograda por esa oficina a partir de esta técnica emergente, después de un primer avance en agosto.
La escena lo dice todo. Más de dos décadas después de los ataques, la tecnología se ha convertido en una de las pocas herramientas capaces de devolver identidad a los restos recuperados en Ground Zero, donde las condiciones dificultaron de forma notoria extraer ADN viable.
La técnica, conocida como IGG, compara el perfil genético de una víctima con bases de datos genealógicas de acceso público. La investigación la realiza el NYPD a través de su unidad especializada de genealogía genética, que analiza los datos para reconstruir linajes familiares.
El desafío sigue siendo enorme. En los atentados murieron 2,753 personas y 1,098 víctimas todavía permanecen sin identificar. Pero la oficina del médico forense ha reunido 47 nuevas muestras genéticas capaces de someterse a revisión genealógica, lo que abre una nueva posibilidad para familias que siguen esperando una respuesta 25 años después.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El 11-S sigue siendo, además de una herida nacional, un caso de persistencia forense: un esfuerzo público, técnico y costoso para cumplir una tarea elemental del Estado, devolver un nombre donde solo quedó fragmento.
Y ahí está el valor del avance. No se trata solo de ciencia aplicada a una tragedia histórica, sino de una capacidad institucional que todavía importa cuando todo lo demás falló. La identificación de una víctima no borra la magnitud del atentado, pero sí muestra que el trabajo paciente del aparato público puede ofrecer algo que las familias no encuentran en ningún otro lugar: certeza.
También recuerda el límite. Si 1,098 víctimas siguen sin identificar, la deuda no es solo con la memoria, sino con cada familia que aún espera. En ese sentido, la tecnología no reemplaza la pérdida, pero sí puede acortar la distancia entre el duelo y la verdad. Y en una ciudad marcada por el 11-S, esa diferencia sigue contando.



