La escena lo dice todo. Una abuela tomando sol en silencio, una madre enferma de tanto cuidar, y una escritora recién llegada de Argentina que observa el círculo con ojos nuevos. De esa imagen cotidiana nació Nuestros dones, la segunda novela de Juliana Gómez Nieto, nacida en Calarcá, Quindío, en 1990.
El libro obtuvo el Premio Nacional de Novela Inédita del Ministerio de las Culturas en 2025 y fue publicado por el Fondo de Cultura Económica. Hizo parte de las novedades literarias de la FILBo 2026.
Gómez Nieto es licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Su primera novela, Montañas azules, la escribió durante los años que vivió fuera de Colombia. La segunda le tomó siete años. «Me demoré mucho tiempo en afinarla porque tenía muchas ganas de trabajar, además del campo de la historia, el lenguaje», explicó la autora. «Al ya escribir mi primera novela sabía que una segunda debía ser mucho más cuidada; en cada frase, cada palabra, como una cosa de filigrana con el oficio».
Para entender el presente hay que volver a esa semana de 2017 en que Gómez Nieto regresó a Colombia tras años de ausencia. Volvió a vivir con su madre y su abuela mientras conseguía trabajo. Lo que encontró no era solo una familia: era un archivo vivo. La abuela Olga, que había sido concebida como personaje secundario de una historia sobre un abuelo arriero al que la escritora nunca conoció, terminó por convertirse en la protagonista. «Mi abuela siempre me decía lo mismo cuando le preguntaba por mi abuelo; terminaba por contarme cosas de ella, de su vida», recordó.
La razón del giro es también una reflexión sobre la memoria y la clase. La familia materna de Gómez Nieto era campesina, desplazada y empobrecida. No había fotos ni videos, no había registro. «Mi abuela se convirtió en un archivo y en una fuente de información», dijo la autora. Un archivo, precisó, «con fecha de caducidad secreta»: algún día moriría y se llevaría consigo la historia.
La novela sigue tres generaciones de mujeres entre montañas y vida rural. Aborda la memoria familiar, la enfermedad, la violencia y los vínculos que atraviesan esas vidas. Pero Gómez Nieto fue explícita sobre lo que no quería construir: «Yo no quiero construir personajes donde las mujeres seamos unas buenas víctimas». Sus personajes sufren, sí, pero se niegan al papel asignado.
Los detalles cuentan la historia. Uno de los primeros capítulos que escribió fue el de su abuela tomando sol. «Yo me preguntaba mucho por el tema de la vejez y el tiempo muerto de la vejez», contó. «Qué tedio, qué tedio; la vida de mi abuela es esperar la muerte». Al mismo tiempo, su madre era, en sus propias palabras, «esclava de ella». Esa tensión entre la espera y la servidumbre se volvió el nervio central del libro.
El resultado es una novela de múltiples planos. «No es un libro solo sobre los cuidados, ni solo sobre la enfermedad, ni solo sobre la traición o solo sobre la soledad», aclaró la autora. Esa ambición fue también la causa de la demora: el libro creció y se complejizó a medida que se escribía.
Gómez Nieto escribe desde los siete años. Saberse ganadora del Premio Nacional la llevó a buscar sus diarios de infancia y releer sus primeros poemas. Más allá del reconocimiento institucional, dijo, le había cumplido a la niña que soñaba con ser escritora.
Hay algo que la historia de Nuestros dones ilumina más allá de la literatura: la tensión entre memoria e invisibilidad. Las familias campesinas y desplazadas no dejan archivos. No hay fotos, no hay actas, no hay registros. Lo que queda es la voz de una anciana tomando sol, y la suerte de que alguien decida escucharla antes de que sea tarde. Gómez Nieto apostó por ese material frágil y construyó con él una novela premiada. El mérito, en este caso, es enteramente suyo.



