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Noventa metros de altura, 96 minutos de terror

El 1 de agosto de 1966, Charles Whitman subió a la torre del reloj de la Universidad de Texas y disparó contra todo lo que se movía. Seis décadas después, la masacre sigue siendo un espejo incómodo.
Imagen ilustrativa
sábado 1 de agosto de 2026

Eran las 11.48 de la mañana. El campus de la Universidad de Texas, en Austin, hervía bajo el sol del verano. Miles de estudiantes cruzaban los senderos entre facultades. Algunos iban a clase. Otros descansaban a la sombra de los árboles que rodean la torre del reloj.

El primer disparo sonó como un golpe seco. Luego vino otro. Después uno más. Al principio nadie supo qué pensar. Una obra en construcción, quizás. Un ruido aislado. Pero en cuestión de segundos varias personas cayeron al suelo. Algunas murieron en el acto. Otras intentaban arrastrarse mientras quienes estaban cerca buscaban refugio detrás de bancos, columnas o automóviles. Nadie identificaba el origen de los disparos.

La respuesta estaba a casi noventa metros de altura.

Desde la plataforma de observación de la torre, un hombre disparaba con una calma que los sobrevivientes describirían años después como escalofriante. Tenía fusiles de alta precisión y varias armas de fuego. Apuntaba contra cualquiera que entrara en su campo visual. Durante 96 minutos, el corazón del campus se convirtió en un campo de batalla.

Cuando todo terminó, 14 personas habían muerto. Años más tarde, una de las heridas fallecería por complicaciones derivadas del ataque, elevando a 15 el número de víctimas fatales reconocidas en algunos registros. Otras 31 resultaron heridas. Era una de las peores masacres ocurridas hasta entonces en un espacio público de Estados Unidos.

El autor era Charles Joseph Whitman. Tenía 25 años. Era estudiante universitario y exinfante de marina.

El retrato roto

Whitman nació el 24 de junio de 1941 en Lake Worth, Florida. A primera vista encarnaba al joven estadounidense exitoso. Inteligente, disciplinado, buenas calificaciones, habilidad notable con las armas. Pero detrás de esa imagen había una historia más oscura.

Su padre, Charles Adolph Whitman, era un empresario próspero y extremadamente autoritario. Quienes conocieron a la familia describieron un hogar dominado por el miedo. Los episodios de maltrato físico y psicológico eran frecuentes. Alcanzaban a la esposa y a los hijos.

Desde muy pequeño, Charles fue instruido en el uso de armas de fuego. Con apenas seis años ya acertaba blancos con una precisión que sorprendía a instructores experimentados. Su padre fomentaba esa destreza con orgullo. La disciplina y la puntería, decía, eran virtudes esenciales.

Al mismo tiempo, el niño mostraba una inteligencia poco común. Obtuvo un coeficiente intelectual superior al promedio. Participó activamente en los Boy Scouts y alcanzó la distinción de Eagle Scout, un honor reservado para muy pocos jóvenes. Era considerado un alumno brillante. La violencia doméstica, sin embargo, dejaba marcas invisibles.

En 1959 se alistó en el Cuerpo de Marines. Allí encontró un ambiente que parecía adaptarse a su personalidad. Disciplina, entrenamiento intenso, exigencia permanente. Se destacó rápidamente como tirador. Sus superiores elogiaban su extraordinaria precisión con el fusil.

Gracias a una beca de los propios Marines ingresó a estudiar ingeniería mecánica en la Universidad de Texas. Pero las malas calificaciones y algunos episodios disciplinarios le costaron la beca militar. Regresó temporalmente al servicio activo antes de ser licenciado con honores.

En 1962 volvió a Austin. Consiguió empleo. Se casó con Kathleen Frances Leissner, una profesora de biología conocida como Kathy. Durante un tiempo pareció haber construido una vida estable. Nada hacía pensar en lo que vendría.

Las señales que nadie leyó

Durante 1965 y los primeros meses de 1966, familiares y amigos empezaron a notar cambios. Whitman sufría intensos dolores de cabeza. Se mostraba irritable, agresivo, imprevisible. En varias ocasiones confesó que experimentaba impulsos violentos que no lograba controlar.

Preocupado, acudió al servicio de salud de la universidad. En una consulta con un psiquiatra manifestó que tenía fantasías relacionadas con disparar desde un lugar elevado contra desconocidos. El profesional registró la entrevista. Nunca imaginó que aquellas palabras anticipaban con tanta precisión lo que ocurriría semanas después.

Su matrimonio también atravesaba momentos difíciles. Los cambios de humor de Whitman y la presión emocional acumulada durante años tensaban la relación. El joven parecía debatirse entre la imagen del hombre responsable que siempre había intentado proyectar y una creciente sensación de pérdida de control.

Nadie, ni siquiera quienes convivían con él, alcanzó a comprender la magnitud de la tormenta que se estaba gestando.

Lo que queda

La masacre de la Torre de Texas sigue siendo analizada por criminólogos, psiquiatras e investigadores casi seis décadas después. Y con razón. La historia de Whitman concentra preguntas que ninguna sociedad ha terminado de responder: qué papel juega la violencia doméstica en la formación de un asesino, cómo se procesan las señales de alarma que los sistemas de salud reciben y no actúan, y hasta dónde llega la responsabilidad institucional cuando alguien anuncia, en voz alta y ante un profesional, lo que planea hacer.

Lo que ocurrió el 1 de agosto de 1966 en Austin no fue un rayo que cayó del cielo despejado. Fue el desenlace de una historia que tuvo capítulos previos, advertencias documentadas y oportunidades perdidas. Eso es, precisamente, lo que lo hace tan difícil de olvidar.

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