Donald Trump no es el primero en pelearse con la prensa desde la Casa Blanca. TIME recuerda que Richard Nixon ya había librado una campaña sostenida para intimidar y castigar a quienes cubrían su presidencia, mucho antes de que Trump hiciera de los ataques a los medios una rutina de gobierno.
El texto parte de una premisa incómoda para cualquier ocupante de la Casa Blanca: la relación entre presidentes y prensa es, por naturaleza, conflictiva. Los presidentes buscan usar a los periodistas para difundir ideas, metas y logros; los reporteros, en cambio, intentan ofrecer un retrato más completo y preciso, con contexto, verificación de hechos y voces disidentes. En esa diferencia nace el choque.
TIME repasa antecedentes de varios mandatarios. Theodore Roosevelt demandó al New York World de Joseph Pulitzer por alegar corrupción en la compra del Canal de Panamá y perdió. Franklin Roosevelt mandó a un corresponsal impertinente a ponerse un gorro de burro y quedarse en una esquina. Dwight Eisenhower mintió a la prensa tras el derribo de un avión espía estadounidense por la Unión Soviética. Barack Obama intentó excluir a Fox News de una entrevista con otras cadenas y usó la Ley de Espionaje para perseguir filtradores.
Pero el relato sitúa a Nixon en una categoría propia. Cuando llegó al poder en 1969, la relación entre la Casa Blanca y la prensa ya era áspera por la guerra de Vietnam, la «credibility gap» de Lyndon Johnson y la desconfianza hacia la autoridad que marcó los años sesenta. En ese contexto, periodistas y editores dieron por hecho que Nixon tenía intenciones oscuras de domesticar al llamado cuarto poder.
Walter Cronkite calificó su campaña contra la prensa como «una gran conspiración». Ben Bradlee, editor de The Washington Post, dijo que «la Primera Enmienda está en mayor peligro que en cualquier momento que haya visto». Un informe del National Press Club concluyó que Nixon era culpable de «un esfuerzo sin precedentes, a escala de todo el gobierno, para controlar, restringir y ocultar información» y «desacreditar a la prensa». Todo eso ocurrió antes incluso de que empezaran los procedimientos de impeachment.
La relación no fue únicamente hostil. Hubo subidas y bajadas, y en algunos momentos Nixon recibió cobertura favorable pese a la desconfianza personal que inspiraba. TIME menciona el verano de 1972, cuando la distensión con la Unión Soviética y su viaje histórico a China le dieron aire político. Ese verano, según el conteo del crítico de prensa Ben Bagdikian, de más de 2.200 corresponsales en Washington, solo unos doce siguieron la historia emergente de Watergate. Nixon ganó la reelección con holgura.
Pero ni siquiera esas buenas rachas apaciguaron su impulso contra los medios. Chuck Colson admitió después que el entorno de Nixon se enfurecía por lo que consideraba una cobertura injusta. Ray Price dijo sin rodeos: «A menudo mentíamos, engañábamos, confundíamos, tratábamos de usar [a la prensa] y de embaucarlos». William Safire recordó que Nixon insistía en que «la prensa es el enemigo ... al que hay que odiar y derrotar», una idea que Safire consideró «ni justificable ni defendible», aunque profundamente arraigada.
La lista de choques llenaría libros enteros. TIME menciona desde la evasividad exasperante del portavoz Ron Ziegler hasta los discursos de Spiro Agnew contra las cadenas de televisión y los grandes periódicos. Pero también describe agresiones más graves a la independencia periodística. Una de las primeras fue el plan, ideado con Henry Kissinger, para cortar filtraciones mediante escuchas en los hogares y teléfonos de periodistas que criticaban al gobierno, empezando por las revelaciones sobre el bombardeo secreto de santuarios norvietnamitas en Camboya en 1969.
En el caso del columnista Joseph Kraft, un empleado de la Casa Blanca subió a un poste telefónico frente a su casa, vestido de reparador, para instalar un transmisor que llevaría cada conversación de la familia a una grabadora en el maletero de un auto cercano. La trastienda del poder, en esa versión, no buscaba convencer: buscaba vigilar.
El desenlace de esta historia aún importa porque muestra un patrón que no envejece. Cuando un presidente considera a la prensa un enemigo a odiar y vencer, el problema deja de ser una pelea de egos y pasa a ser una amenaza para el derecho del público a recibir información sin interferencias del aparato estatal.
En esa tensión hay una lección que trasciende a Nixon y a Trump. La libertad de prensa no vive de la simpatía del poder, sino de límites claros al poder. Cuando la Casa Blanca intenta controlar, restringir u ocultar información, lo que está en juego no es el confort de los periodistas, sino la capacidad de los ciudadanos de saber qué hace su gobierno con el dinero, la autoridad y la privacidad de todos.


