Benjamin Netanyahu llegó a la Asamblea General de la ONU con una escena que resumió el momento político de Israel: decenas de delegados se levantaron y salieron antes de que terminara de hablar. Él respondió con desafío. «Vamos a ganar. No tenemos otra opción», dijo, tras defender las campañas militares de Israel en Irán, Gaza y otras zonas de Oriente Medio.
La escena lo dice todo. En vez de una defensa sobria, Netanyahu escogió el tono de combate. Llamó «cobardes morales» a quienes abandonaron el salón y rechazó las acusaciones de genocidio en Gaza. También dirigió su mensaje a dos auditorios que necesita convencer al mismo tiempo: los votantes israelíes, a menos de un mes de una elección que vuelve a poner a prueba su imagen de «señor seguridad», y el público estadounidense, donde el apoyo a Israel muestra señales de fractura.
La trastienda de su discurso deja ver una realidad incómoda para el gobierno israelí: el desgaste ya no es solo militar, también es político. La BBC informó que Netanyahu enfrenta una elección clave en Israel tras el 7 de octubre de 2023, con su coalición de derecha religiosa rezagada en las encuestas. Sus adversarios han cuestionado si es apto para el cargo después de reportes de medios israelíes, negados por él, sobre supuestas advertencias que no habría atendido ante un posible ataque de Hamás.
En el plano internacional, la presión crece. Netanyahu, que enfrenta una orden de arresto de la Corte Penal Internacional por supuestos crímenes de guerra, atacó a países y líderes que lo critican, mencionó a Turquía y al presidente Recep Tayyip Erdogan, y también cargó contra Zohran Mamdani, el alcalde electo de Nueva York, según la BBC. El choque con la ciudad anfitriona fue explícito: mientras él hablaba, manifestantes contra su visita eran detenidos fuera del edificio de la ONU, entre ellos Susan Sarandon y Hannah Einbinder.
Del otro lado, Mahmoud Abbas usó un mensaje grabado para denunciar las políticas israelíes, en particular la expansión ilegal de asentamientos judíos en Cisjordania ocupada, y dijo que eso amenazaba «la vida misma y la existencia del pueblo palestino en su patria». También sostuvo que los palestinos están sometidos a «matanza, destrucción, hambre e intentos de desplazamiento», además de una «guerra genocida» en Gaza, según la BBC. Abbas no pudo asistir en persona porque se le negó una visa de entrada a Estados Unidos.
La guerra sigue dejando una cifra que ningún discurso puede borrar: más de 73.920 personas han muerto en Gaza, según el ministerio de salud del territorio, controlado por Hamás. La ofensiva terrestre israelí comenzó tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, en el que murieron unas 1.200 personas y 251 fueron tomadas como rehenes, informó la BBC.
Netanyahu, por su parte, trató de convertir el escenario de la ONU en una plataforma de campaña. Agradeció a Donald Trump por su «liderazgo audaz» y recordó los ataques aéreos conjuntos de febrero contra Teherán. «Israel y Estados Unidos actuaron juntos no solo para protegernos, sino para salvar la civilización», afirmó. El mensaje estaba dirigido tanto a los aliados que aún lo respaldan como a los sectores de la política estadounidense donde el apoyo a Israel ya no es el de antes.
Para entender el presente hay que volver a esa semana: la guerra ya no solo se mide por objetivos militares, sino por la capacidad del Estado israelí de sostener su legitimidad frente a un costo diplomático cada vez más alto. Cada salida del salón, cada protesta en la calle y cada ruptura en el apoyo occidental añade presión sobre un gobierno que insiste en la victoria, pero que también necesita explicar qué queda de la normalidad política mientras la guerra sigue abierta.
En términos de fondo, el caso vuelve a exhibir el problema clásico de toda guerra prolongada: cuando el aparato estatal convierte la seguridad en un argumento total, el costo termina pagándolo la sociedad, los contribuyentes y la credibilidad de las instituciones. El orden importa, pero también importa que el poder rinda cuentas. Y aquí, entre el lenguaje de la victoria y el peso de los muertos, la pregunta que queda en pie no es solo quién gana la batalla retórica, sino cuánto puede soportar una democracia cuando la guerra se vuelve permanente.


