Para entender el presente hay que volver a esa noche de 1991 en Louisville, Kentucky. Una mujer firmó un contrato, gestó a una niña y la entregó al nacer. La niña se llamó Olivia Maurel. Nadie le explicó nada durante décadas.
Casi treinta años después, Maurel se sienta en una sala de la Universidad de Los Andes, en Santiago, y recuerda el momento exacto en que las piezas comenzaron a encajar. Tenía seis años. Su madre —la mujer francesa que la crió junto a su padre de origen suizo en West Palm Beach, Florida— «tiene la piel morena, ojos marrones, es muy bajita y muy delgada», dice Maurel. «Yo soy muy alta, muy robusta y en esa época era rubia». La conclusión infantil fue tan sencilla como devastadora: «Ella no es mi madre».
La sospecha era correcta. La mujer que aparecía en su partida de nacimiento no era su madre biológica. Maurel había nacido mediante gestación subrogada, una práctica en la que, según define en su propio libro, «una mujer acepta gestar al hijo de otra persona o pareja y entregárselo al nacer, previo pago o no». Su caso se produjo cinco años después de que en abril de 1986, en Michigan, se registrara el primer caso documentado de maternidad subrogada.
La adolescencia fue dura. «Sabía que faltaba algo en mi historia, algo que no encajaba», recuerda. Se metió en las drogas, en el alcohol e intentó suicidarse varias veces. A los 17 años buscó «Louisville, Kentucky» en Google y pasó una noche entera investigando. Empezó por agencias de adopción, porque no conocía el término gestación subrogada. Pronto aparecieron las clínicas de fertilidad. Al amanecer, tenía una convicción.
Los años siguientes no cerraron la herida; la profundizaron. Se casó, tuvo tres hijos y ser madre, dice, «empeoró todo». Desconocía el cincuenta por ciento de su historia y, por tanto, el veinticinco por ciento de la historia de sus propios hijos. No tenía historial médico. No sabía qué responder cuando sus hijos preguntaban por sus abuelos. «Me sentía culpable como madre».
El giro llegó a los 30 años, cuando su suegra le regaló un test de ADN. Los resultados confirmaron que no era francesa. Pero el test reveló algo más: una prima desconocida también se había sometido a la prueba. Maurel le escribió. La respuesta llegó rápido: «¡Buenos días Olivia!, bienvenida a la familia». A través de esa prima llegó a su medio hermano, luego a sus medias hermanas y, finalmente, a su madre biológica. Tenía 31 años. Habían pasado 25 desde sus primeras dudas infantiles.
El reencuentro fue por Messenger. «Me respondió a todas las preguntas que necesitaba que me respondiera», dice Maurel. Supo por qué le encantan los animales —su madre biológica siente una gran pasión por ellos—, por qué le apasionan los libros. Vio fotos de sus abuelos. «Así fue como pude reconstruirme». El contacto, sin embargo, se fue apagando. Ya no hablan.
En los contratos de gestación subrogada, explica Maurel, existe una cláusula de confidencialidad que impide a las madres biológicas hablar de la práctica o ponerse en contacto con el niño. Su madre biológica, dice, «lucha con muchos problemas de salud mental» y no habla con los hijos que tuvo.
A finales de mayo de 2023, Maurel comenzó a grabar vídeos en TikTok sobre su experiencia. Sus padres adoptivos le dieron un ultimátum: o dejaba de hablar de la gestación subrogada, o desaparecían de su vida. Eligió seguir hablando. Hoy presenta en Santiago ¿Dónde estás, mamá? (Ediciones Mensajero, 2025), el libro que recoge esa búsqueda.
Su argumento central es directo: «La gestación subrogada es horrible». Y añade una observación que los defensores de la práctica raramente responden con datos: «Todavía no he visto a ninguna mujer rica gestar para una pareja pobre. Eso no ha ocurrido nunca. Siempre hay una diferencia económica entre los padres que quieren un hijo y la madre subrogada». En su diagnóstico, la gestación subrogada convierte a mujeres pobres en instrumentos reproductivos para los ricos.
Los detalles cuentan la historia. Un contrato firmado en 1991 en Kentucky produjo, treinta años después, una mujer que no sabía quién era, que intentó suicidarse varias veces, que no podía responder las preguntas de sus propios hijos sobre sus orígenes. El mercado de la reproducción asistida tiene costos que no aparecen en ninguna factura: los paga el niño, durante décadas, en moneda de identidad. Cuando el debate sobre la regulación o prohibición de la gestación subrogada llega a los parlamentos —y está llegando, en Europa y en América Latina—, el testimonio de Maurel pone sobre la mesa lo que los contratos no contemplan: que el producto del acuerdo es una persona, y que esa persona tendrá preguntas que ninguna cláusula de confidencialidad podrá silenciar para siempre.


