Elon Musk llamó a las principales compañías de inteligencia artificial a trabajar en conjunto y a someter sus modelos a pruebas de sus rivales antes de lanzarlos al público. Lo hizo el lunes, durante el All-In Summit, en Los Ángeles, en medio de una discusión que ya mezcla seguridad tecnológica, competencia y el papel del gobierno.
La escena lo dice todo. Musk, CEO de SpaceX y fundador de xAI, planteó que su empresa, junto con OpenAI, Anthropic, Google, Meta y «tres o cuatro de las principales compañías chinas», debería permitir que sus competidores apliquen un sistema de pruebas sobre sus modelos para evaluar su seguridad. «Entonces, ya sabes, en lugar de corregir tu propia tarea, al menos tendrías a tus competidores corrigiendo tu tarea y dando la alarma si ven motivos de preocupación», afirmó, según CNBC.
El empresario reconoció que ese mecanismo de revisión entre pares no sería perfecto. Pero sostuvo que «las probabilidades de encontrar problemas son muchísimo mayores». La propuesta, sin embargo, no ha sido aceptada por los laboratorios que compiten con xAI, dijo Musk.
El giro llegó en una semana en la que varios líderes de la industria han intensificado sus advertencias. El sábado, el CEO de Anthropic, Dario Amodei, publicó un ensayo en el que llamó a desacelerar el ritmo de desarrollo de las capacidades de los modelos de IA. Sugirió además evaluaciones tecnológicas externas a cargo de «evaluadores integrados» que verifiquen sus prácticas de seguridad.
Ese planteamiento generó un consenso poco habitual en la industria. Sam Altman, CEO de OpenAI, dijo que coincide en que las compañías deben marcar el ritmo de la frontera tecnológica, aunque precisó que eso «no significa detenerse». Musk también respaldó a Amodei en X con un mensaje breve: «Dario tiene razón».
El debate no quedó en la conversación técnica. De acuerdo con CNBC, las acciones ligadas a la IA cayeron a nivel global el lunes. SoftBank, uno de los mayores inversionistas de OpenAI, cerró con un retroceso de 10% en Japón, mientras SK Hynix y Samsung Electronics terminaron con bajas de más de 6% y 4%, respectivamente, en Corea del Sur.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La discusión escaló cuando Jacob Coxon, quien trabajó en OpenAI, anunció su renuncia a Anthropic con una publicación en la que acusó a los principales laboratorios de estar «apostando con nuestras vidas». Luego se sumaron otros investigadores, entre ellos Evan Hubinger, líder de alineamiento de Anthropic.
Hubinger escribió: «Jacob tiene razón en esto: ¡realmente creemos, con toda seriedad, que la IA podría matar a todos los humanos! Personalmente, creo que la probabilidad es superior a 10% dentro de la próxima década». Es una advertencia extrema, pero ayuda a explicar por qué el sector ha entrado en una fase de desconfianza mutua.
En paralelo, la administración de Donald Trump ha rechazado los llamados de los líderes tecnológicos a imponer más límites a la IA. El lunes, el mandatario publicó mensajes en Truth Social en los que calificó los temores sobre la tecnología como una «farsa» y una «estafa».
Este martes, Kevin Hassett, director del Consejo Económico Nacional, dijo a CNBC que el sector privado es «el lugar adecuado» para abordar las inquietudes sobre la IA. Añadió que el gobierno sigue monitoreando a la industria y que recurrirá a «las fuerzas del orden cuando sea necesario para asegurarse de que las firmas actúen de forma responsable».
Trump también ha sugerido que cualquier intento por moderar el desarrollo de la IA le daría ventaja a China. Amodei se hizo eco de esa preocupación durante el fin de semana y la calificó como «el dilema más difícil».
La lectura de fondo es clara: el mercado ya entendió que la inteligencia artificial no es solo una carrera por innovación, sino una carrera por confianza. Y cuando la confianza se erosiona, sube la presión por regulación, más burocracia y más discrecionalidad del Estado.
Para los defensores de la libre empresa, el punto no es frenar la competencia, sino evitar que el temor sirva de puerta de entrada a un aparato regulatorio que termine castigando la inversión y la velocidad tecnológica. Si las firmas quieren probarse entre sí, esa es una decisión de gobernanza privada. Si el poder público convierte la alarma en regla, el costo puede pagarlo el usuario, el contribuyente y la propia capacidad de innovar.


