En el Museo Nacional de Colombia, en Bogotá, hoy hay algunas paredes vacías.
Este jueves fueron retiradas alrededor de 30 obras alusivas a movimientos LGTB y feministas, a víctimas de la violencia política y al Acuerdo de Paz. El museo no ha confirmado hasta el momento el número total de piezas retiradas ni las razones.
La escena lo dice todo. Lo que salió de las salas no fue solo una selección de objetos: también salió una discusión sobre memoria, relato y poder.
El mismo día, el presidente Abelardo de la Espriella dijo que el Ministerio de Cultura sería el epicentro de una «contrarrevolución cultural». En su discurso, instruyó a la ministra de Cultura, Paola Holguín, «para que toda esa oda al terrorismo en la que aparecen Pizarro y demás terroristas sean desaparecidos de los lugares públicos».
Según medios colombianos como El Tiempo o La Silla Vacía, entre las piezas retiradas hay referencias a los derechos femeninos y LGTB, además de afiches de las campañas presidenciales de Bernardo Jaramillo Ossa y de Carlos Pizarro Leongómez. La Silla Vacía añadió que fueron desmontados objetos vinculados a la firma del Acuerdo de Paz entre el Estado y las Farc en 2016 y «casi todas las fotografías del muro de la diversidad, dedicado a repensar la diversidad cultural, social y política del país».
También se informa de la ausencia de piezas como el Balígrafo, un objeto que rememora la firma del acuerdo de paz de 2016 y que fue creado a partir de un casquillo de bala de fusil calibre 50. Otra obra señalada es el Tarjetón de la Séptima Papeleta, vinculado al proceso que terminó en la Constitución de 1991.
En la sala «Hacer sociedad» también estaban expuestos elementos vinculados a la historia política y social del país, entre ellos un impreso sobre Jaime Pardo Leal, un afiche de Pizarro, un brazalete del movimiento Alianza Democrática M-19, una pieza del periódico Nuestras Mujeres, el Manifiesto internacional de la campaña contracepción, aborto y no a la esterilización forzada, el afiche del Ciclo Rosa, el yembé de la batucada Toque Lésbico y zapatos diseñados para mujeres trans. Todas esas piezas fueron mencionadas por la cobertura de la controversia como parte del retiro.
La ministra Holguín no desmintió esas informaciones. En una publicación en X, sostuvo que la vocación institucional del museo «NO consiste en servir como instrumento de adoctrinamiento político, foco de difusión de versiones sesgadas de nuestra historia».
Añadió que la museología y la curaduría de los espacios a cargo del ministerio están siendo evaluadas y rediseñadas para cumplir la misión de salvaguardar, investigar, conservar y difundir el patrimonio cultural, histórico y artístico de la Nación, sirviendo como espacios para la memoria, la identidad y la transformación social.
La controversia llega poco más de dos meses después de la llegada de De la Espriella al poder. En la campaña ya se había declarado contrario al «wokismo» y partidario de valores conservadores; también puso la religión cristiana y a Dios en el centro de su discurso político.
Durante su alocución, el presidente fue más allá y acusó al «wokismo» de «transformar los fundamentos morales, culturales y sociales de Occidente». Dijo además que el Estado tenía «el deber moral y político de impedir que los espacios culturales sean captados por el social-comunismo».
Para Yann Basset, de la Universidad del Rosario, esta batalla no había tenido tanta prominencia en campaña como las promesas de mano dura contra la delincuencia y grupos armados, o la de sanear la economía. Laura Bonilla, de la Fundación Pares de Colombia, pronostica que la retirada de obras se producirá en otras instituciones como la Biblioteca Nacional, donde, según ella, «se limitará la expresión artística a expresiones 'aprobadas'».
Esa es la verdadera disputa: si los museos conservan su papel como espacios de memoria abierta o si terminan convertidos en vitrinas de una historia oficial aprobada por el poder. Cuando el aparato estatal empieza a decidir qué relatos merecen permanecer en pie, el costo no lo paga una élite cultural: lo paga la libertad de todos para ver, recordar y discutir.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. El giro no es menor: en nombre de la corrección histórica, el Estado puede terminar sustituyendo pluralidad por filtro ideológico. Y cuando eso ocurre, la cultura deja de ser patrimonio compartido y se vuelve territorio administrado.



