La escena lo dice todo. Donald Trump, desde el Despacho Oval, le dijo a la prensa que John Thune «tiene los votos» y que «debería hacerlo». Thune, al mismo tiempo, les decía a los reporteros en el Capitolio: «Muéstrame cómo termina esto. ¿Cuál es la imagen de la victoria al final?» Dos republicanos, dos realidades distintas, una sola grieta que se ensancha.
El punto de fricción es la llamada SAVE America Act, una ley que reformaría el sistema electoral estadounidense, ya aprobada en la Cámara de Representantes pero que, según el propio Thune, carece de los votos necesarios en el Senado. El presidente no solo quiere la ley: exige que el Senado elimine el filibústero legislativo, el mecanismo que obliga a reunir 60 votos para avanzar en la mayoría de la legislación, y lo reduzca a una simple mayoría de 51.
«Los demócratas no van a votar por esto, se los digo claramente. Y los republicanos no van a eliminar el filibústero legislativo», respondió Thune con una precisión que no dejó margen de interpretación. «Si el objetivo final es obtener un resultado, podríamos quedarnos aquí hasta Navidad», añadió, pero dejó claro que el resultado no cambiaría.
La Casa Blanca no ha aceptado esa lectura. Convocó a cerca de dos docenas de senadores republicanos para presionarlos directamente. Según un asesor republicano de alto rango en el Capitolio, 15 de los 20 que asistieron a esas reuniones le dijeron al equipo presidencial que eran un «no rotundo» ante cualquier modificación del filibústero. La portavoz Karoline Leavitt advirtió, con tono sombrío, que la «paciencia» de Trump «se está agotando».
El presidente fue más lejos en sus redes sociales: «John Thune no debería permitir que el Senado se vaya de vacaciones hasta que apruebe la SAVE America Act o, mejor aún, TERMINE CON EL FILIBÚSTERO». Calificó de «increíblemente afortunados» a los demócratas por el liderazgo republicano en la cámara alta.
Pero la anatomía del Senado trabaja en contra de Trump. A diferencia del presidente de la Cámara, Mike Johnson, quien fue elegido en votación pública y está más expuesto a las presiones del presidente, los líderes del Senado son elegidos por votación secreta. Además, los senadores tienen mandatos de seis años, lo que les otorga un colchón político considerable frente a cualquier voto individual. El senador John Cornyn, republicano de Texas que perdió sus primarias este año ante un candidato respaldado por Trump, lo dijo sin rodeos: el Senado «puede quedarse aquí hasta que lleguen las vacas y no va a cambiar nada». Y añadió que «decepcionar al presidente pero también a nuestros votantes a 99 días de las elecciones me parece una mala idea».
La Conferencia Republicana del Senado circuló un memorando interno en el que señalaba que prolongar la sesión en agosto tendría sentido solo si pudiera mover la aguja. La conclusión era que no puede.
Mientras tanto, el Senado tiene una agenda que sus propios miembros describen como manejable: un proyecto de sanciones contra Rusia, una medida de financiamiento provisional para mantener el gobierno abierto hasta el día de las elecciones, avances en el proyecto de reconciliación presupuestaria y una serie de nominaciones pendientes.
La historia de las tensiones entre presidentes y líderes del Senado es larga. George W. Bush intentó destruir políticamente a Tom Daschle. Barack Obama tuvo una relación «respetuosa pero tensa» con Harry Reid. Trump llamó a Mitch McConnell «Old Crow». La dinámica con Thune escala ahora por esa misma pendiente, aunque con una diferencia notable: Thune, según las fuentes consultadas, no está en riesgo político real.
Lo que está en juego es algo más profundo que una ley electoral. Es la pregunta sobre quién gobierna el calendario legislativo del Senado y bajo qué reglas. Thune representa aquí el principio de que las instituciones no son palancas a disposición del Ejecutivo, sino contrapesos diseñados para durar más que cualquier administración. El filibústero, con todos sus defectos, es precisamente ese tipo de herramienta: un freno que obliga a construir mayorías amplias en lugar de gobernar por impulso de facción.
Para Hemisferio, la resistencia del Senado no es obstruccionismo: es el sistema funcionando como fue diseñado. Que un presidente con mayorías en ambas cámaras no pueda imponer su agenda sin consenso mínimo no es una falla del liderazgo republicano. Es, exactamente, la arquitectura de la república en acción.



