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Mitos que matan fauna en Colombia: el costo oculto para la vida silvestre

Creencias sin respaldo científico empujan a serpientes, armadillos y escorpiones al tráfico ilegal y a prácticas que ponen en riesgo tanto a los animales como a las personas. La escena lo dice todo: detrás de cada supuesto remedio hay más captura, más presión sobre la fauna y menos conservación.
Imagen generada con IA
lunes 21 de septiembre de 2026

Creencias populares sin respaldo científico han convertido a varias especies en víctimas del tráfico y de otras prácticas que ponen en riesgo su supervivencia en Colombia.

Detrás del tráfico ilegal de fauna silvestre están también las atribuciones de supuestos poderes medicinales a los animales. Una muestra de ello es el reciente rescate de cinco serpientes cascabel en el Huila, que, al parecer, iban a ser sacrificadas para elaborar productos promocionados como tratamientos contra el cáncer.

El operativo fue realizado por la Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena, la CAM, en articulación con la Seccional de Carabineros y Protección Ambiental del Departamento del Huila. Durante el procedimiento también fueron decomisadas dos estructuras músculo-esqueléticas pertenecientes a la misma especie, dos frascos con material pulverizado o harina presuntamente derivada de dichas estructuras y cuarenta cápsulas que contenían el mismo componente, según el comunicado de la Corporación.

La autoridad ambiental fue enfática al señalar que no existe evidencia científica que soporte este tipo de tratamientos. Por eso, dijo, estas prácticas representan un riesgo tanto para quien consume los productos como para las especies, que se vuelven foco del tráfico ilegal de fauna. Además, el operativo permitió evitar que los animales fueran sacrificados y posteriormente comercializados.

En este caso, las cinco serpientes rescatadas pudieron ser devueltas a su hábitat natural después de ser valoradas por el grupo de fauna del Hogar de Paso de la CAM en Neiva. Pero pocas especies corren con esa suerte luego de ser capturadas.

A continuación, el panorama se amplía con otros animales afectados en el país. El dato central no cambia: la superstición, cuando se convierte en mercado, termina siendo una presión directa sobre la biodiversidad.

Sobre el armadillo, no hay evidencia científica que demuestre que algo en ese animal cure el asma. El mito es tan débil que no hay siquiera un consenso sobre cuál parte tendría ese supuesto efecto: unos dicen que es la sangre, otros la grasa y otros el caparazón, pero ninguna de esas teorías tiene soporte científico.

Aun así, la creencia está bastante extendida, no solo en Colombia, sino en varias regiones de América Latina. Lo que sí está comprobado es que consumir o manipular este animal representa un grave riesgo para la salud humana, pues puede ser portador de la bacteria Mycobacterium leprae, causante de la lepra, que se puede contraer si se consume su carne o sangre. Además, cazarlo y consumirlo es ilegal.

Carlos Andrés Madrid, líder de conservación y bienestar animal del Parque de la Conservación, dijo que los armadillos son tal vez de los animales más afectados por el consumo debido a la relevancia que han tomado esos tratamientos. Según Madrid, la presión de caza está asociada principalmente a esas atribuciones medicinales.

Los armadillos viven en ecosistemas de las Américas y en Colombia se encuentran en todo el país, en entornos de hasta casi 3.000 metros de altitud. Pueden pesar hasta 50 kilogramos y medir más de un metro de longitud, aunque también hay especies de apenas 100 gramos y 13 centímetros. De las 22 especies registradas, seis habitan en el país.

Su dieta se basa principalmente en insectos, hormigas y termitas, por lo que cumplen una función de control sobre especies que pueden ser una amenaza para los cultivadores. Además, cavan túneles en la tierra que ayudan a airear y descompactar los suelos, lo que permite, entre otras cosas, que los árboles generen más raíces o que sirvan de madriguera para otros animales.

Pero la caza no es su única amenaza. También los afectan la transformación de su hábitat por la deforestación y los cambios en el uso del suelo.

Los escorpiones o alacranes también están rodeados de mitos. Se les teme, sobre todo, porque pican, aunque los contactos suelen ser accidentales. Hay quienes creen que buscan atacar a la gente, pero el comportamiento descrito no coincide con esa idea.

Sobre la picadura hay una idea muy extendida: que puede causar la muerte. La realidad, según la información recogida, es que de las 22 familias, solamente una, la Buthiade, que ocupa más del 50% de las especies del mundo, tiene la capacidad de generar la muerte en un ser humano.

Aun así, ante una picadura es obligatorio ir al hospital. Y otra de sus amenazas proviene de la creencia de que, si se sumergen con alcohol y plantas de marihuana, ayudan a aliviar dolores en las articulaciones. No hay evidencia científica que respalde la teoría de que los escorpiones, ni su veneno, alivien esas dolencias.

Los que suelen ser cazados ilegalmente con fines medicinales pertenecen principalmente a los géneros Tityus y Centruroides, ambos miembros de la familia Buthidae. Según el Instituto Nacional de Salud, en Colombia esa familia está representada por cerca del 56% de las especies registradas en el país.

También se ha usado el veneno de los escorpiones para crear potencializadores sexuales caseros, pero eso tampoco cuenta con respaldo científico.

El caso del paujil de pico azul completa el cuadro. El pasado 26 de agosto, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible informó sobre el nacimiento de una cría de esta especie en el zoológico de Barranquilla. La cría fue llamada «Milagro», pues esta especie endémica de Colombia está catalogada en peligro crítico de extinción.

Según el Ministerio, el paujil de pico azul ha perdido el 92,8% de su hábitat potencialmente viable en los últimos 25 años y se estima que actualmente sobreviven apenas 1.085 individuos adultos.

Para entender el presente hay que volver a esa semana: la demanda de supuestos remedios no solo alimenta un mercado ilegal, también encarece la supervivencia de especies que cumplen funciones ecológicas concretas. Cada animal capturado es una pérdida para el ecosistema y una victoria para la informalidad depredadora.

La lección es incómoda, pero clara. Cuando una creencia sin base científica entra al mercado, el costo no lo paga solo la fauna: también lo asumen las personas que consumen productos sin respaldo y un Estado que termina persiguiendo daños que nunca debieron existir. El principio que está en juego es simple: sin evidencia, no hay medicina; sin control, la fauna silvestre se convierte en mercancía.

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