La escena lo dice todo. En México, la discusión sobre tecnología ya no pasa solo por comprar herramientas, sino por saber usarlas con dirección.
La columna firmada por la directora de Asuntos Regulatorios y Relaciones con Carriers de Axtel pone el foco en una tensión que ya pesa en las empresas: adoptar tecnología sin una estrategia clara puede volver más compleja la operación en lugar de hacerla más eficiente. Cada decisión aislada añade capas de complejidad. Y cuando no están coordinadas, terminan costando más de lo que resuelven.
Los números que cita son el primer aviso. De acuerdo con los Censos Económicos 2024 del INEGI, apenas 0.5% de las unidades económicas del país reportó el uso de sistemas de inteligencia artificial. Incluso entre las empresas que ya adoptaron alguna tecnología digital, esa cifra llega solo a 2.1 por ciento.
Pero el dato más inquietante no es ese. Según KPMG México, entre las empresas que ya usan tecnologías digitales, solo 9% cuenta con una estrategia de inteligencia artificial definida y alineada a sus objetivos. Y apenas 8% mide el rendimiento de esas iniciativas. La brecha no está solo en el acceso a la tecnología. Está en la capacidad de darle rumbo.
Ahí aparece el giro que la autora considera decisivo. En lugar de montar solos el rompecabezas, cada vez más negocios buscan un solo interlocutor que integre nube, ciberseguridad e inteligencia artificial y responda por el resultado conjunto. En ese esquema, el operador de telecomunicaciones deja de ser solo transporte y pasa a ser integrador.
La lógica, dice, se basa en alianzas estratégicas. Ningún proveedor, por grande que sea, puede cubrir por sí solo toda la cadena de valor digital. La fortaleza está en combinar capacidades de socios con infraestructura propia, para ofrecer al usuario final una solución integral y un responsable único, aunque detrás participen varias empresas especializadas.
Esa coordinación no es solo una decisión empresarial. También exige reglas claras. La autora sostiene que el regulador debe permitir la colaboración sin extender a mercados competitivos una regulación pensada para problemas de concentración en insumos esenciales.
Ahí ubica el centro de la política de telecomunicaciones en México. La regulación al Agente Económico Preponderante, dice, responde a una razón vigente: el control de insumos esenciales en zonas donde ningún otro operador tiene cobertura. Y, por esa misma razón, debe mantenerse firme en ese terreno.
El problema aparece cuando esa lógica se traslada a espacios donde el riesgo es distinto. Las alianzas entre operadores y proveedores de nube, ciberseguridad e inteligencia artificial no controlan un insumo esencial escaso. Compiten en mercados con múltiples actores. Aplicarles el mismo escrutinio que a la red, advierte, añadiría fricción a una forma de competir que no presenta el mismo riesgo de concentración.
Ese es el punto de fondo. Para la autora, el regulador debe intervenir donde existe concentración de un insumo esencial y permitir que la competencia opere donde ya existe. La distinción no es menor. De ella depende si el aparato regulatorio facilita la inversión y la colaboración, o si introduce obstáculos donde el mercado ya puede funcionar.
La tendencia, además, no se limita a México. La columna señala que fuera del país es cada vez más común ver operadores de telecomunicaciones asociados con proveedores de nube para ofrecer soluciones híbridas, o con especialistas en ciberseguridad para blindar operaciones críticas de extremo a extremo.
El mensaje para México es directo: el país ya cuenta con operadores consolidados, centros de datos, talento técnico y presencia de las principales empresas tecnológicas globales. Lo que definirá el éxito, según esta lectura, no es la tecnología disponible, sino la capacidad de aliarse con dirección.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La discusión regulatoria no es un tecnicismo menor. Es una decisión sobre cuánto espacio se le da a la libre empresa para integrar servicios complejos y cuánto poder conserva el Estado para intervenir donde de verdad hay un cuello de botella.
En esa balanza se juega una parte importante de la ventaja digital de México. Si el regulador distingue con precisión entre insumos esenciales y mercados competitivos, puede reducir fricción y abrir espacio a la inversión. Si no lo hace, corre el riesgo de cargar con burocracia adicional una industria que necesita velocidad, coordinación y certidumbre.


