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Mercado laboral en transición: la apuesta por certificar lo que ya saben los trabajadores

Clery Neyra plantea que el cambio no es solo tecnológico, sino de identidad profesional. En ese marco, AIEP empuja certificaciones y reconversión para un mercado que exige aprender varias veces durante la vida laboral.
Imagen generada con IA
viernes 16 de octubre de 2026

Durante generaciones, la idea dominante fue simple: una persona aprendía un oficio, lo ejercía durante años y ese conocimiento sostenía toda una carrera. Clery Neyra, vicerrectora de Transformación y Nuevas Soluciones de AIEP, dice que ese contrato se rompió «y no fue de un día para otro».

La escena lo dice todo. En el mercado laboral, afirma, los ciclos de vigencia de una habilidad se están acortando cada vez más rápido: de una década a cinco años, de cinco a poco más de dos, y en algunas industrias ya se habla de ciclos que se miden en meses, no en años. La inteligencia artificial acelera ese proceso, pero no lo inventó: «viene ocurriendo desde antes», sostiene.

Desde AIEP, el diagnóstico es que ya no basta con pensar la formación como una etapa inicial de la vida. Hay un giro más profundo: «en el mercado laboral no hay solo un fenómeno tecnológico, hay un cambio de identidad profesional». Esa frase condensa una tensión que atraviesa a trabajadores, instituciones y empresas. Ya no se trata solo de sumar habilidades nuevas; también hay que aceptar que parte de lo aprendido deja de servir con la misma velocidad con que antes sostenía carreras enteras.

Neyra defiende que la educación técnico-profesional tiene una ventaja sobre la formación puramente académica: está más cerca del mundo del trabajo real. Pero advierte que esa cercanía no alcanza si no se traduce en tres decisiones concretas. La primera es co-diseñar con la industria, y no formar para la industria sin conversar con ella. La segunda es certificar competencias verificables, no solo horas de asistencia. Y la tercera, según ella, es enseñar explícitamente a desaprender.

Ese punto es clave en el marco que propone AIEP. Adaptarse no significa únicamente incorporar conocimiento nuevo. También implica «soltar, con seguridad, aquello en lo que uno ya era bueno, para poder ser principiante otra vez». En una economía donde la obsolescencia de habilidades se acelera, la adaptabilidad deja de ser un rasgo deseable y pasa a ser una condición de supervivencia laboral.

AIEP dice estar trabajando en dos frentes complementarios. Uno es AIEP Empresas, con programas co-diseñados con cada organización, en modalidad presencial, online o híbrida, incluso en zonas sin conectividad constante, y financiables vía franquicia SENCE. Según Neyra, hoy son más de 120 organizaciones las que confían en ese modelo, con 60 años de trayectoria detrás.

El otro frente es la certificación. AIEP afirma ser el único instituto profesional privado en Chile acreditado por ChileValora como Centro de Evaluación y Certificación de Competencias Laborales. En la práctica, eso permite certificar formalmente lo que una persona sabe hacer, aunque lo haya aprendido en el terreno y no tenga un título que lo respalde. La lógica que describe Neyra es directa: no pedirle a alguien con veinte años de oficio que empiece de cero, sino reconocer lo que ya sabe y construir desde ahí.

A eso se suman alianzas internacionales con Cisco, Red Hat, Oracle, PMI y Scrum, orientadas a quienes buscan reconvertirse hacia áreas de alta demanda como cloud, ciberseguridad o gestión de proyectos. La apuesta, en términos laborales, es clara: acelerar la reconversión para que el capital humano no quede atrapado en una estructura de credenciales que llega tarde respecto de las necesidades del mercado.

Neyra también abre la puerta a un debate país sobre educación continua. Dice que no es una opinión aislada y cita a organismos como la OCDE, que llevan años señalando que los marcos de formación continua de la mayoría de los países —Chile incluido— siguen diseñados para una economía en la que una persona se capacitaba una vez, al inicio de la vida laboral, y no para una donde eso ocurrirá varias veces durante toda la carrera.

Pero introduce una advertencia que conviene subrayar: el reflejo fácil es pedir «más financiamiento» y quedarse ahí. Desde su perspectiva, lo urgente es repensar cómo se reconoce y certifica el aprendizaje que ocurre fuera del aula, en el trabajo mismo, y hacer que ese reconocimiento sea rápido.

Ahí está el punto de fondo para cualquier discusión seria sobre productividad y movilidad social. Si el sistema sigue reconociendo tarde lo que el mercado ya cambió, el costo lo absorben los trabajadores, las empresas y, en muchos casos, también el dinero de los contribuyentes que termina atrapado en estructuras lentas. La burocracia educativa puede seguir mirando carreras lineales; la economía real ya opera en ciclos cortos.

Para entender el presente hay que volver a esa semana en que se rompió el viejo contrato entre oficio y estabilidad. Lo que viene después no es solo un ajuste tecnológico: es una competencia por quién logra adaptarse antes, con menos fricción y con reglas que premien el mérito, la certificación y la capacidad de volver a aprender.

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