La escena lo dice todo.
La presidenta de la Asamblea Nacional, Shirley Castañedas, entregó la medalla Justo Arosemena a Maricel de Mulino, primera dama del país. No es un cargo electo. No existe en ninguna papeleta. Es, según la columna publicada en La Prensa, «una figura que nadie vota, sin más mérito que el de ser la esposa de», que cuenta con despacho y gastos discrecionales.
El contraste que señala el texto es elocuente: al músico Durán, descrito como «leyenda indiscutible», la misma distinción le llegó con años de demora. A la señora de Mulino, en dos. La Asamblea Nacional —institución centenaria, como la Academia Panameña de la Lengua— decidió que esa era la secuencia correcta. Los detalles cuentan la historia.
La promesa cumplida de Portobelo
El segundo episodio de la semana tiene escenario en Colón. El presidente Mulino había prometido, antes de ganar las elecciones, la restauración de la iglesia del Cristo de Portobelo, financiada desde el Palacio de Las Garzas. La obra avanza con mano de obra del propio pueblo, según consigna la columna de opinión.
El columnista no niega el cumplimiento: «allí está él, cumpliendo». Lo que cuestiona es el marco. Restaurar un templo colonial con recursos del ejecutivo, en el contexto de una promesa electoral vinculada a un símbolo religioso de alto arraigo popular, es exactamente el tipo de gesto que mezcla devoción genuina con cálculo político. Llamarlo «populismo religioso oportunista» o llamarlo «cumplir la palabra» depende, como casi siempre, de a quién se le pregunta.
Lo que no está en disputa: el dinero sale del palacio presidencial, la promesa fue pública y anterior a la victoria electoral, y la obra existe.
Vamos se reorganiza
El tercer movimiento de la semana es el más relevante para el mediano plazo. El partido Vamos —la organización que llevó a Mulino al poder— anunció su intención de refundarse y abandonar la estrategia de los candidatos independientes.
La lógica interna del cambio, según la misma fuente, es aritmética pura: la atomización de candidaturas independientes divide el voto y beneficia a las maquinarias establecidas. Panameñistas, perredistas y lo que el columnista agrupa bajo el término «corruptidistas» son, en esa lectura, los grandes ganadores cada vez que una fuerza reformista se fragmenta.
La decisión de consolidarse como partido con estructura y disciplina es, en principio, la única respuesta racional a ese problema. Las herramientas democráticas —listas, primarias, organización territorial— no son el obstáculo. El obstáculo, como recuerda el texto, «son los sinvergüenzas que las corrompen».
Para entender el presente hay que volver a esa semana.
Lo que está en juego
Tres noticias aparentemente inconexas apuntan al mismo nudo. Panamá tiene instituciones formalmente funcionales —una Asamblea que otorga medallas centenarias, un ejecutivo que cumple promesas, partidos que se reorganizan— y un déficit crónico de rendición de cuentas que las vacía de contenido.
Una primera dama con despacho y presupuesto discrecional no es una anomalía panameña: es un patrón regional que normaliza el gasto público sin mandato democrático. Que la institución legislativa más antigua del país la condecora antes que a figuras de trayectoria comprobada no es un error administrativo; es una señal sobre qué valora esa institución y a quién sirve.
La reorganización de Vamos importa porque es la única variable con potencial de cambio en ese cuadro. Un partido con estructura real puede disputar escaños en la Asamblea, que es donde se aprueban presupuestos, se otorgan medallas y se blinda o se expone el gasto del ejecutivo. Sin esa disputa, el «patio limoso» legislativo que describe la columna seguirá siendo el terreno natural de las maquinarias que llevan décadas operando en él.
El libre mercado y el estado de derecho no prosperan en entornos donde las instituciones distribuyen honores según la cercanía al poder y donde el dinero del contribuyente financia promesas electorales envueltas en devoción popular. Eso no es gobernar bien. Es administrar la apariencia de hacerlo.



