En los últimos años, el surrealismo ha vuelto al centro de la conversación artística. Lo que antes era un movimiento de 100 años de antigüedad se convirtió en uno de los temas más calientes del mundo del arte, impulsado por una ola de exposiciones y por una nueva generación de pintores que encuentra inspiración en su estética onírica.
En esa reactivación hay una firma clara: la de Matthew Affron, curador de arte moderno del Philadelphia Museum of Art. Affron co-curó la exposición itinerante internacional «Dreamworld: Surrealism at 100», que cerró su recorrido de dos años en Filadelfia en febrero, y también escribió el catálogo que la acompañó.
La muestra amplió la lista de artistas normalmente asociados con el movimiento para incluir a mujeres como Leonora Carrington y Remedios Varo. Esa decisión, presentada como una forma de contar estas historias para una nueva generación, alteró el mapa habitual del surrealismo sin cambiar su punto de partida: la fuerza de un movimiento que sigue produciendo lecturas, disputas y redescubrimientos.
Ahora, Affron está involucrado en otro capítulo de peso. En octubre, el Museo de Arte de Filadelfia abrirá la segunda y última entrega de la primera retrospectiva de Marcel Duchamp en Estados Unidos en más de 50 años, organizada en colaboración con MOMA. De nuevo, la apuesta es mirar una figura central del siglo XX desde nuevos ángulos.
Affron lo resume con una idea que atraviesa ambos proyectos: se trata de volver a contar esas grandes historias para un público distinto. En su caso, el trabajo no es solo conservar el canon, sino moverlo lo suficiente como para que siga vivo.
La escena lo dice todo. En vez de tratar al surrealismo como una pieza de museo ya cerrada, Affron lo coloca de nuevo en movimiento, en diálogo con artistas relegadas durante décadas y con audiencias que no vivieron su primera gran era. Ese giro importa porque la cultura, cuando se cuenta bien, no se limita a acumular nombres: también decide quién entra al relato y quién queda fuera.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que el surrealismo volvió a sonar con fuerza. La operación de Affron revela algo más amplio que una programación exitosa: el valor de las instituciones cuando usan su prestigio para abrir archivos, ampliar el canon y ofrecer lectura nueva sin renunciar al rigor. En tiempos de consumo rápido y memoria corta, ese trabajo sigue siendo una defensa de la excelencia, la curaduría seria y la libertad de mirar la historia con ojos menos domesticados.


