Entre 2021 y 2023, cerca de 70% de los adultos de 20 años o más en Estados Unidos dijo que había comido fruta o bebido jugo 100% de fruta en un día cualquiera. Eso deja a unos 30% de adultos estadounidenses que reportaron no haber comido ni una pieza de fruta ni tomado jugo de fruta en esa jornada.
El mismo reporte federal encontró que 93% dijo haber comido un vegetal. Los datos provienen del National Center for Health Statistics, que los recopila como parte de una encuesta anual de salud y nutrición que incluye a 5,000 adultos y niños.
Las cifras más recientes se parecen a las del periodo 2015 a 2018. En aquella medición, 67% de los adultos comió fruta en un día cualquiera y 95% comió un vegetal. La tendencia, por tanto, muestra una mejora leve en fruta y una baja en vegetales.
Las diferencias por sexo también quedaron registradas. Más mujeres que hombres consumieron fruta en un día cualquiera: 74% frente a 66%. En vegetales, la proporción fue similar entre ambos grupos, aunque el tipo varió. 42% de las mujeres reportó haber comido un vegetal de hoja verde oscuro, frente a 34% de los hombres.
Ese detalle importa porque los vegetales de color verde oscuro son ricos en vitaminas y minerales que pueden ayudar al corazón, el cerebro y los huesos, según el reporte. También importa otro hallazgo: las personas con mayores ingresos familiares tuvieron más probabilidades de comer frutas y vegetales que quienes tenían ingresos más bajos.
Aun así, en todos los grupos de ingresos los vegetales de hoja verde oscuro fueron los menos consumidos. El patrón habla de una dieta que mejora en algunos indicadores, pero no necesariamente en los más valiosos desde el punto de vista nutricional.
La comparación con las guías federales deja la distancia a la vista. Las recomendaciones oficiales sugieren alrededor de 2 tazas de fruta y 2.5 tazas de vegetales al día. El reporte aclara, además, que 31% de los adultos dijo que su asignación de fruta provenía de jugo 100% de fruta, algo que los expertos nutricionales consideran menos beneficioso que la fruta entera, porque esta aporta fibra.
La escena lo dice todo: más estadounidenses se acercan a la fruta, pero el consumo sigue sin alcanzar el nivel que marcan las guías federales. Y el dato de que muchos sustituyen fruta entera por jugo 100% de fruta sugiere una dieta práctica, pero no necesariamente óptima.
El reporte no analiza qué impulsa a las personas a comer fruta y vegetales, pero sí señala que el costo probablemente juega un papel en los patrones de consumo. La inflación de alimentos se mantuvo baja de 2015 a 2019, pero la pandemia provocó un salto en los precios; en los años siguientes, el alza promedio en los precios de supermercado fue de 3.5%.
Para el lector, el mensaje es claro: cuando el dinero aprieta, incluso la canasta básica empieza a reflejar diferencias de acceso. El dato de mayores ingresos comiendo más frutas y vegetales que los hogares con menos recursos no es un accidente estadístico, sino una señal de cómo el precio sigue ordenando decisiones cotidianas.
También queda claro el límite del Estado cuando la mejora depende de hábitos, ingreso y costo. El aparato público puede medir la dieta con precisión, pero no reemplaza la capacidad de compra de los hogares ni corrige por sí solo una canasta que se encarece. En esa tensión entre recomendaciones oficiales y bolsillo familiar se juega buena parte del desenlace.



