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Más de 300 mascotas rescatadas esperan dueño entre los escombros de Venezuela

Perros, gatos, tortugas y hasta un chivo sobreviven al doble terremoto que dejó más de 5.300 muertos. En refugios improvisados de La Guaira, voluntarios y estudiantes de veterinaria sostienen lo que el Estado no alcanza a cubrir.
Imagen ilustrativa
jueves 23 de julio de 2026

La escena lo dice todo. Un gato negro, rescatado casi un mes después del sismo, duerme en un refugio instalado dentro de un McDonald's reconvertido en hospital provisional. A pocos metros, Raquel Ramos, de 42 años, recorre jaula por jaula con una foto en el celular: busca a Mía, su gata blanca y anaranjada, la que se quedó sola en el apartamento cuando el edificio comenzó a temblar.

El 24 de junio, Venezuela sufrió dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 con apenas 39 segundos de diferencia. El saldo, según las fuentes disponibles, supera los 5.300 muertos. El estado de La Guaira, sobre el mar Caribe, concentra la mayor devastación: en su llamada zona cero, seis torres de viviendas de interés social de entre 12 y 17 pisos se desplomaron por completo.

Entre los escombros no solo quedaron personas. Quedaron mascotas.

El refugio que no estaba en el plan

En las instalaciones de la Misión Nevado —un programa estatal de atención a animales domésticos— han llegado 326 mascotas rescatadas. De ellas, unas 50 han sido dadas en adopción. Los perros juegan en un amplio terreno; los gatos permanecen en jaulas con comida, algunos durmiendo en pequeñas hamacas color fucsia. Varias gatas parieron después del rescate y ahora cuidan a sus recién nacidos en ese mismo espacio.

«Han sido muy emotivos los reencuentros», cuenta Amanda González, estudiante de veterinaria de 25 años que trabaja como voluntaria. «Todo el mundo termina llorando aquí, porque son animales que a lo mejor daban por desaparecidos y, al ver que están acá, son felices ellos y nosotros también.»

A pocas calles, el McDonald's reconvertido opera como hospital de campaña para animales. Yanier Veliz, estudiante de veterinaria de 20 años y voluntario, describe el ritmo de trabajo: «Hemos atendido 50 diarios, entre perros, gatos, tortugas; también trajeron un chivo». El espacio recibe tanto a mascotas rescatadas de los escombros como a animales que sus dueños llevan a consulta.

Fue en ese contexto donde llegó el gato negro hallado en la zona cero. Los socorristas lo encontraron con vida en las ruinas de un edificio, lo atendieron veterinarios en el lugar y luego fue trasladado al refugio improvisado. Para los rescatistas, según recoge la fuente, ese hallazgo mantiene la esperanza de encontrar a otros animales con vida.

Los que buscan y los que adoptan

Raquel Ramos recuerda el momento del sismo con precisión: estaba con su hijo pequeño en el barrio de Tanaguarena cuando los edificios comenzaron a colapsar. Salió corriendo. Mía se quedó. «Voy a otros refugios a ver si la consigo», dice entre lágrimas.

Del otro lado del mostrador está Astrid Ugas, de 17 años, que llegó con la intención de adoptar un gato para hacerle compañía al suyo, que se quedó solo después de que su pareja desapareció con los sismos. Salió con cuatro mininos. «Quiero ayudar a todos los que lo necesitan», explicó.

En el refugio de la Misión Nevado, según González, han sido más las personas que encontraron a sus animales que las que no. Los números son modestos frente a la escala de la tragedia, pero en ese contexto cada reencuentro pesa.

Lo que los voluntarios revelan sin proponérselo

Para entender el presente hay que volver a esa semana de junio. Venezuela llegó al terremoto con una infraestructura ya fragilizada por años de deterioro institucional. Las seis torres derrumbadas en la zona cero eran viviendas de interés social; los hospitales de campaña para animales los instalaron estudiantes universitarios en locales comerciales vacíos. La Misión Nevado existe en el organigrama del Estado, pero la operación cotidiana la sostienen jóvenes de 20 y 25 años que trabajan sin remuneración.

Eso es lo que los detalles cuentan: cuando el aparato estatal colapsa junto con los edificios, la sociedad civil —estudiantes, vecinos, voluntarios— llena el vacío con lo que tiene. No es un elogio al caos; es un diagnóstico. Un país donde la respuesta humanitaria depende de la improvisación de sus ciudadanos más jóvenes es un país que llegó a la catástrofe ya en emergencia. Las mascotas rescatadas son, en ese sentido, un símbolo involuntario: sobreviven gracias a redes informales que el Estado nunca construyó y que ahora, una vez más, nadie puede reemplazar.

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