Cada vez que una visita cruza la puerta con zapatos puestos, puede entrar algo más que una persona. La escena lo dice todo: el hogar, que suele pensarse como una zona limpia y protegida, recibe también bacterias, virus, toxinas ambientales y polvo que se adhieren a las suelas en la calle.
TIME recoge que, según una encuesta CBS News/YouGov de 2023, 63% de los estadounidenses se quitan regularmente los zapatos al llegar a casa y 24% pide a sus invitados que hagan lo mismo. Ese hábito doméstico, lejos de ser una manía, se ha convertido en una respuesta práctica frente a una evidencia incómoda: el exterior se pega al interior.
El artículo menciona además que este año el Departamento de Salud de Indiana lanzó una campaña llamada «Shoes Free Protects You and Me» para promover una política sin zapatos en el hogar, con especial atención al plomo que puede ser arrastrado hacia adentro. El dato importa porque conecta una costumbre cotidiana con un riesgo concreto para la salud doméstica.
La base científica citada por TIME no es extensa, pero sí contundente. En un estudio de 2008, Charles Gerba analizó 26 pares de zapatos usados durante tres meses y encontró entre 3.600 y 8 millones de unidades formadoras de colonias de bacterias en el interior y el exterior de esas suelas. La bacteria E. coli, asociada a materia fecal, fue el organismo más común. Gerba escribió a TIME que cerca de 80% de las suelas tenían bacterias fecales, en gran parte recogidas en pisos de baños públicos.
El mismo investigador comparó ese nivel de contaminación con los asientos de inodoros públicos, que tienen un promedio de 3.200 unidades formadoras de colonias bacterianas. La comparación es elocuente: en esta cadena de traslado, la suela suele ser un vehículo más sucio que la superficie que muchos consideran el punto máximo de contaminación.
Otros estudios citados refuerzan el cuadro. Investigadores de la Universidad de Houston encontraron que 40% de los zapatos analizados transportaban C. difficile, una bacteria intestinal que causa diarrea. En entornos sanitarios, el panorama empeora. Un metaanálisis de 2016 en el Journal of Applied Microbiology revisó 13 estudios y halló que, tras rondas médicas en hospitales, 65% de los zapatos de los médicos dieron positivo para Staphylococcus aureus resistente a antibióticos (MRSA) o Enterococcus faecalis. Otro estudio encontró que 48% de los zapatos usados en quirófanos dieron positivo para al menos una bacteria patógena, con Staphylococcus como la más común.
No todo el riesgo viene del hospital. En zonas rurales, donde abundan ganado, aves y otros animales, las suelas pueden recoger Salmonella y otras bacterias. Un estudio de 2009 en Alaska rural mostró que, tras caminar por una ruta exterior con botas esterilizadas, 70% de las botas resultaron positivas para múltiples bacterias intestinales. Y cuando esas botas cruzaron un piso estéril, en la mitad de los recorridos se transfirieron bacterias al suelo.
La ciudad tampoco ofrece mucha protección. Donde circulan perros por veredas y parques, se acumulan rastros de bacterias fecales y charcos de orina en las rutas más transitadas. En un estudio de 2023 publicado en Design, Architecture, and Ergonomics, investigadores de Northeastern University midieron charcos de lluvia en aceras, suelas y pisos interiores de un edificio de su campus urbano en Nueva York. Encontraron en promedio 30.000 bacterias intestinales por 100 mililitros de agua en los charcos de la acera del vecindario. Todas las suelas analizadas llevaban distintos niveles de esas bacterias, y el interior del edificio también estaba contaminado, sobre todo en áreas alfombradas.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que la costumbre de no quitarse los zapatos empezó a parecer menos una comodidad que una transferencia de riesgo. Alessandra Leri, autora principal de ese estudio, dijo que el tipo de piso cambia mucho el resultado: si hay alfombras, funcionan como reservorio de bacterias. Pero añadió algo más amplio: las suelas son un vector serio de transmisión de bacterias fecales desde el exterior al interior.
A eso se suma otro paquete de contaminantes. TIME menciona que las suelas también pueden recoger PFAS, los llamados «químicos permanentes» por cuánto tardan en degradarse; polvo de plomo, que puede levantarse en remodelaciones de casas antiguas; y pesticidas, presentes en zonas agrícolas y jardines domésticos.
En la vivienda, la zona más expuesta suele ser la más cercana a la puerta de entrada. Gerba dice que los primeros cuatro pasos al ingresar son el área más contaminada del hogar. Él mismo señala que, en estudios con tintes y virus trazadores sobre el calzado, se observa un rastro claro sobre el piso. Los detalles cuentan la historia: lo que parecía una simple caminata termina distribuyendo contaminantes por toda la casa.
El desenlace de esta discusión no es dramático, pero sí bastante claro. Quienes más contacto tienen con el piso —bebés y niños pequeños que gatean y juegan— son también quienes enfrentan el mayor riesgo. No se trata de perfeccionismo doméstico ni de una nueva liturgia higiénica. Se trata de limitar el ingreso de suciedad, bacterias y residuos químicos al espacio donde vive la familia.
Desde una mirada de orden y responsabilidad individual, la conclusión es simple: si algo puede quedarse en la entrada, conviene que se quede en la entrada. El hogar no debería convertirse en prolongación de la calle ni en depósito de lo que el pavimento arrastra. La libertad de entrar con zapatos termina donde empieza el derecho básico a un interior más limpio y menos expuesto.


