La escena lo dice todo. Todos los domingos, después de las ocho de la noche, Abelardo de la Espriella aparece en pantalla con traje sin corbata, un pin de la bandera de Colombia en la solapa y, detrás, un letrero de «Defensores de la Patria», pilas de libros, una estatua de caballo pintada con los colores nacionales, fotos de familiares y una espada. La puesta en escena no es improvisada: es el resultado de un sistema de comunicaciones que, según fuentes consultadas por El Colombiano, es «completamente cerrado».
Desde que obtuvo la victoria en primera vuelta, el presidente electo ha centralizado toda la información en tres voceros: la directora de prensa María Fernanda Sandoval, y los portavoces oficiales Miller Soto y Carolina Gómez. Las órdenes son taxativas: ningún ministro designado puede hacer declaraciones que no pasen por alguno de estos tres canales. Según una fuente bajo reserva citada por el mismo diario, incluso quienes forman parte del equipo de campaña encuentran difícil acceder a información desde que se centralizaron las comunicaciones.
La semana pasada, Gómez tuvo que salir a frenar filtraciones sobre la posesión atípica de De la Espriella —que se realizará en la Universidad Santiago de Cali, en la capital del Valle— recordando que nadie estaba autorizado a divulgar datos fuera de los canales oficiales del presidente electo.
Néstor Julián Restrepo, doctor en Política, Comunicación y Cultura y profesor de la Universidad Eafit, describe el modelo con precisión: «Es una estrategia de comunicación jerárquica; se concentra la información en la cabeza del poder político para controlar la agenda. Sobre todo, a través de una estrategia de saturación y una sola fuente de información. Es decir, cada semana plantearán un tema, de manera que prime la agenda del gobierno».
Detrás de ese sistema hay seis figuras clave.
Ana Lucía Pineda, la primera dama, ha declarado que quiere un rol activo desde su posición. De la Espriella la describe como su «polo a tierra» e influye en temas de agenda y logística. Según fuentes del entorno, uno de los «no negociables» del presidente electo es compartir alguna comida del día con sus hijos.
Carolina Bazurdo, secretaria privada, lleva 17 años trabajando con De la Espriella. «Ella ha sido piedra angular del trabajo que he realizado en todos estos años», dijo el presidente electo al anunciar su designación en Ibagué, ciudad de origen de Bazurdo. Fue coordinadora de recursos humanos y asistente de dirección general en De la Espriella Lawyers; ahora articulará encuentros oficiales y privados, manejará la agenda y servirá de enlace con otras dependencias.
María Fernanda Sandoval, directora de comunicaciones y prensa, tiene trayectoria en periodismo especializado en salud y también pasó por De la Espriella Lawyers. Se encargará de las relaciones con los medios y de la divulgación de información pública.
Germán Calderón, abogado de consulta cotidiana del presidente electo, será director de la Agencia de Defensa Jurídica del Estado, cuya función principal es proteger el patrimonio público estructurando estrategias de defensa.
Nicolás Gómez, jefe de despacho, es politólogo y comunicador, hijo del senador de Salvación Nacional Enrique Gómez. Su tío abuelo es Álvaro Gómez Hurtado, referente declarado de De la Espriella. Tendrá labores enfocadas en eficiencia operativa y estrategia, y ya acompaña al presidente electo a donde quiera que vaya.
El sexto nombre es Carlos Ríos, quien también aparece de manera constante junto al presidente electo en sus desplazamientos.
La sede alternativa del gobierno —o principal, en la práctica— será Barranquilla, y el montaje de ese espacio ha sido la prioridad de las últimas semanas.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Lo que está construyendo De la Espriella no es solo un gabinete: es una arquitectura de poder informativo diseñada para que el gobierno marque la agenda antes de que los medios y la oposición puedan hacerlo. En un país donde el petrismo utilizó el ruido mediático permanente como herramienta de desgaste institucional, la apuesta por el control jerárquico de la comunicación tiene una lógica defensiva comprensible. La pregunta que quedará abierta cuando comience el gobierno es si esa misma hermeticidad, útil para blindar la transición, sabrá abrirse lo suficiente para rendir cuentas ante los ciudadanos que eligieron al abogado barranquillero. El libre flujo de información no es un capricho periodístico: es oxígeno para la confianza pública.



