Cada mañana, Maikol Morales regresa al mismo punto. No es exactamente un edificio lo que encuentra: es una montaña de concreto y polvo donde hasta hace un mes vivía con su familia. Ya recuperó el cuerpo de su madre. Ahora busca a su padre, a su hermana y a sus sobrinos.
«Ya saqué a mi mamá. Ahora estoy sacando a mi papá, a mi hermana y a mis sobrinos. Esta es mi casa. Aquí los tengo que buscar. Estoy seguro de que todos están aquí», cuenta Morales desde La Guaira, el estado costero más golpeado por el doble terremoto que sacudió Venezuela hace un mes, uno de los más devastadores y el más fuerte registrado en más de un siglo en el país.
La escena lo dice todo. Mientras los equipos internacionales de rescate recogen sus equipos y abandonan el país, decenas de familias siguen regresando cada día a los edificios derrumbados. Las labores organizadas disminuyen. Lo que queda es otra cosa: voluntarios y familiares que remueven toneladas de concreto con herramientas básicas y, en ocasiones, con sus propias manos.
Para ellos, la prioridad ya no es encontrar sobrevivientes. Es recuperar los cuerpos. Darles sepultura. Cerrar, en la medida en que algo así puede cerrarse, un ciclo que el Estado no ha logrado cerrar por ellos.
Arlinda Prada tampoco ha dejado de volver. Su razón es la misma que la de Morales, formulada con una precisión que no deja espacio para la ambigüedad: «El hecho de saber que están es suficiente. Es el hecho de poder recuperar su cuerpo y darles santa sepultura y poder mentalmente y emocionalmente cerrar ese ciclo».
Y luego, con la claridad de quien ha pensado mucho en esto: «Esto no va a parar. No es un tema de momento. No es un tema de tendencia. Es una necesidad humana, una necesidad emocional poder conseguir a nuestros familiares».
Los detalles cuentan la historia. La retirada de la ayuda internacional no es, en sí misma, una anomalía: los equipos de búsqueda y rescate operan bajo protocolos que establecen ventanas de intervención, y transcurrido un mes desde el sismo, la fase de rescate activo cede paso a otras etapas. Lo que sí resulta revelador es el vacío que esa retirada deja al descubierto: una capacidad estatal que no alcanza para sostener las operaciones de recuperación de cuerpos, y una población que asume con sus propios medios lo que el aparato público no provee.
La Guaira lleva décadas siendo uno de los estados más vulnerables de Venezuela, tanto por su geografía —una franja costera comprimida entre el mar y la montaña— como por el deterioro acumulado de su infraestructura. El terremoto no creó esa fragilidad; la expuso. Y la respuesta posterior, con equipos internacionales que llegaron, trabajaron y se fueron, mientras los familiares permanecen, traza con nitidez la frontera entre lo que el Estado ofrece y lo que la gente necesita.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Venezuela lleva años en una crisis que ha vaciado hospitales, colapsado servicios y expulsado a millones de ciudadanos. Cuando ocurre una catástrofe natural de esta magnitud —la más intensa en más de un siglo, según las fuentes— el sistema no tiene margen de absorción. La ayuda internacional llena el hueco durante un tiempo. Luego se va. Y lo que queda son Maikol Morales y Arlinda Prada, removiendo concreto.
Hemisferio considera que la imagen de estos sobrevivientes excavando solos entre los escombros no es solo una historia de duelo: es el retrato más fiel del costo humano que cobra, año tras año, un Estado que consume recursos sin construir capacidad real. La tragedia natural fue el terremoto. La tragedia política es lo que vino después, o más precisamente, lo que no vino. Cuando la cooperación internacional se convierte en el único colchón entre una catástrofe y el abandono, algo fundamental ha fallado mucho antes de que tiemble la tierra.



