La escena lo dice todo.
El presidente José Raúl Mulino convocó un almuerzo en el Palacio de las Garzas para celebrar el control que su gobierno acaba de consolidar sobre la Asamblea Nacional. A quienes no recibieron invitación les dedicó una frase que resumió la tarde: «Yo no los invité… ellos no son parte… De allí no sale nada bueno». Con esas palabras creyó insultar a sus adversarios. En la práctica, les hizo un favor.
Entre los comensales que sí «son parte» figuraban los diputados del PRD Benicio Robinson y Raúl Pineda, a quienes el propio Mulino ha acusado de conductas delictivas, según recoge la columna de Sabrina Sin Censura publicada por La Prensa. También estaba el ministro Felipe Chapman, fotografiado junto a Shirley Castañeda, presidenta de la Asamblea y abogada cercana al expresidente Ricardo Martinelli, a quien el mandatario ha calificado de mitómano. Y en la misma mesa, escuchando instrucciones, aparecía Popi Varela, figura histórica del matraqueo político panameño, cuyo hermano recibe insultos diarios del propio Mulino.
La lista no es un detalle menor. Es el argumento.
Mulino llegó a la presidencia con el 34% de los votos en las elecciones de 2024. Su obligación constitucional, como la de cualquier mandatario en una democracia, es gobernar para el 100% de los panameños. Pero la reunión del Palacio de las Garzas apuntó en dirección contraria: fue un ejercicio de demarcación, una ceremonia para separar a los que cuentan de los que no.
El problema es que los que «no son parte», según la lógica del presidente, resultan ser la mayoría de los ciudadanos. Son los médicos residentes a los que no se les ha pagado. Son los habitantes de Azuero que llevan más de un año esperando agua potable. Son los familiares de víctimas de la ola de violencia que las autoridades minimizan con la frase de que «se matan entre ellos». Son los que hacen fila de madrugada en las ferias del IMA y los que esperan meses por una cita con un especialista.
Ninguno de ellos estaba en ese almuerzo.
Las encuestas —las publicadas y las que no, anota La Prensa— muestran que el capital político del presidente es hoy menor que el que lo llevó a la presidencia. Las declaraciones de esa tarde no hacen sino reducir aún más ese margen. Mulino se esquinó en su propio círculo cero precisamente cuando intentaba exhibir músculo político.
Hubo una excepción que merece atención. El diputado Manuel Chen, llegado al parlamento por la vía de la libre postulación —la misma que supuestamente representaba una renovación de la política panameña—, sí apareció en el almuerzo. Su presencia es el recordatorio de que el liderazgo opositor ético no es un destino automático: es una decisión que cada representante toma o evita tomar, día a día.
Los detalles cuentan la historia.
Los diputados excluidos tienen ahora una oportunidad concreta: convertirse en portavoces de las demandas que este gobierno sigue sin atender. Su activo no es una presidencia de comisión ni un nombramiento para un familiar. Es la distancia que mantuvieron esa tarde respecto a la vieja politiquería que el presidente decidió celebrar como si fuera un logro.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Mulino quiso demostrar que controla la Asamblea, el órgano que en toda democracia debería actuar como contrapeso al Ejecutivo. Lo que demostró, en cambio, es que confunde el control con la legitimidad, y la lealtad con la gobernanza.
Desde Hemisferio, la lectura es más simple: un gobierno que gasta fondos públicos en banquetes con aliados cuestionados, mientras médicos y ciudadanos esperan respuestas, no está gobernando para el país. Está gestionando su propio círculo. La diferencia entre ambas cosas es precisamente lo que define si un mandato merece el crédito que reclama. El almuerzo del Palacio de las Garzas fue, en ese sentido, más revelador que cualquier discurso oficial. Y el mayor perdedor de la jornada no fue quien quedó sin invitación, sino quien la organizó.



