La escena lo dice todo. En una ceremonia celebrada este jueves en México, cuatro perros rescatistas —Balam, Orly, Kenai y Halley— recibieron el mismo reconocimiento que sus entrenadores humanos. Habían trabajado bajo temperaturas superiores a los 30 grados centígrados y niveles de humedad que rebasaban el 80 por ciento, rastreando posibles sobrevivientes entre los edificios colapsados de La Guaira, Venezuela.
El doble terremoto del 24 de junio dejó, según el balance más reciente de las autoridades venezolanas, más de 3.800 personas fallecidas y miles de heridos. En ese escenario desplegó México su Equipo USAR Nivel Pesado Internacional: 15 especialistas en búsqueda y rescate en estructuras colapsadas, atención prehospitalaria y manejo de equipo especializado, acompañados por los cuatro binomios caninos.
El contingente total que regresó al país fue mayor: 149 integrantes de distintas corporaciones —Cruz Roja, Bomberos, Escuadrón de Topos, brigadistas de rescate y personal de Protección Civil— junto con 14 binomios caninos. Las labores se desarrollaron principalmente en La Guaira, de manera coordinada con equipos de Venezuela, Costa Rica, Estados Unidos, El Salvador y otros países.
Al regresar, los rescatistas resumieron su misión en una sola frase: «Regresamos satisfechos porque completamos familias que ahora están juntas». José Antonio Venta, coordinador nacional de Socorros y Desastres de la Cruz Roja Mexicana, calificó la operación como un momento histórico para la institución por la escala del despliegue y la complejidad del entorno.
Los detalles cuentan la historia. Halley participó en su primera misión internacional. Balam, por su parte, cargó con un peso adicional: es hijo de Athos, el perro rescatista de la Cruz Roja que murió envenenado en Querétaro en 2021 junto con Tango, un caso que marcó un precedente en la defensa de los animales de trabajo en México. Cada uno de los cuatro caninos recibió atención veterinaria constante, alimentación adecuada y periodos de descanso durante las operaciones, según informaron sus entrenadores.
En el acto de reconocimiento estuvo presente Enrique Ochoa Martínez, subsecretario para Asuntos Multilaterales y Derechos Humanos de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Habló a nombre del canciller Roberto Velasco y agradeció la entrega de los especialistas, señalando que la rápida respuesta «reafirmó el compromiso del país con la solidaridad y la cooperación internacional». Ochoa recordó también que Venezuela había mostrado solidaridad con México tras el terremoto de 1985.
La Cancillería colaboró con las aerolíneas Viva Aerobus y Volaris para facilitar el traslado del personal hacia Venezuela. Además, según las autoridades, la Secretaría de la Defensa Nacional mantiene el envío de alrededor de 20 toneladas diarias de insumos hacia las zonas afectadas.
La misión humanitaria merece reconocerse por lo que es: una operación técnica de alto nivel ejecutada por profesionales civiles y militares que pusieron sus capacidades al servicio de familias extranjeras en el peor momento. El Equipo USAR y sus binomios caninos son la mejor cara que México puede mostrar al mundo, precisamente porque su trabajo no depende de discursos ni de agenda política, sino de entrenamiento, disciplina y vocación de servicio.
Lo que queda pendiente es la pregunta incómoda que ningún funcionario formuló en el acto: mientras México despliega toneladas de ayuda y equipos de élite hacia Venezuela, el régimen que gobierna ese país sigue siendo el mismo que produjo las condiciones de precariedad estructural —edificios sin normas antisísmicas, instituciones de respuesta débiles— que convirtieron un terremoto en una catástrofe de más de 3.800 muertos. La solidaridad entre pueblos es un valor real. Confundirla con aval a sus gobiernos sería un error que los rescatistas, con su silencio profesional, se cuidan muy bien de no cometer.



