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Los perros del antiguo Perú

El viringo y el pastor Chiribaya, dos razas caninas con miles de años de historia prehispánica, ganan reconocimiento internacional y encarnan un patrimonio que el Estado peruano apenas empieza a proteger en serio.
Imagen ilustrativa
domingo 19 de julio de 2026

La escena lo dice todo. En las excavaciones de la antigua hacienda Chiribaya, en Moquegua, los arqueólogos no encontraron solo cerámica ni huesos humanos: hallaron 42 perros momificados, enterrados con alimentos y finos textiles, como si fueran miembros plenos de una comunidad. Esa imagen, rescatada del polvo de siglos, resume mejor que cualquier decreto lo que estas dos razas significan para el Perú.

El perro sin pelo del Perú —conocido popularmente como viringo— y el pastor Chiribaya son las únicas razas caninas reconocidas oficialmente como autóctonas del país. Ambas surgieron en la costa peruana durante tiempos prehispánicos y ambas sobrevivieron, con suerte dispar, hasta el presente.

Seis mil años de compañía

La evidencia más antigua de perros en territorio peruano fue hallada en la cueva de Telarmachay, en la provincia de Tarma, región Junín. Según investigaciones arqueológicas citadas por la Agencia Andina, los restos óseos encontrados allí —junto a huesos de camélidos— tienen una antigüedad estimada de entre 6.000 y 5.000 años antes de Cristo. No eran animales silvestres tolerados al margen del campamento: estaban integrados a la vida cotidiana de las culturas que habitaron ese territorio.

El viringo dejó su huella más visible en el arte. Fue representado en la cerámica de culturas como Vicús, Mochica, Lambayeque, Chimú y Chancay, donde en algunas escenas llegó incluso a reemplazar a animales simbólicos como el puma, la serpiente o el cóndor, según la misma fuente. Su ausencia de pelaje, que hoy lo hace inconfundible en cualquier feria o zona arqueológica de la costa, no era una curiosidad: era un rasgo que lo distinguía y que las civilizaciones prehispánicas incorporaron a su imaginario visual.

El pastor Chiribaya cumplía una función más pragmática, aunque no menos valorada. Era el perro de trabajo de la cultura Chiribaya —activa entre los siglos IX y XIV d.C.— y su tarea principal era conducir rebaños de llamas y alpacas en la cuenca del río Osmore. Para las comunidades asentadas en esa región, eso equivalía a administrar su principal fuente de riqueza. Los entierros con ofrendas no eran un gesto sentimental: eran el reconocimiento explícito de un valor económico y social.

El camino hacia el reconocimiento

El 12 de junio de 1985, la Federación Cinológica Internacional (FCI) reconoció oficialmente al perro sin pelo del Perú como raza originaria del país y lo incorporó a su registro internacional bajo el número 310. Años después, el entonces Instituto Nacional de Cultura lo declaró Patrimonio Cultural de la Nación y dispuso medidas para su preservación, entre ellas la cría de ejemplares en museos de sitio y zonas arqueológicas de la costa peruana.

El pastor Chiribaya tardó más en recorrer ese camino. El pasado 28 de marzo, la Federación Canina Americana aceptó reconocerlo oficialmente como raza propia del Perú, luego de una solicitud presentada por organizaciones canófilas peruanas. El reconocimiento permitirá registrar oficialmente ejemplares que cumplan con las características definidas para la raza. Paralelamente, avanza en el Congreso un proyecto de ley que propone declararlo Patrimonio Natural y Cultural de la Nación.

Los detalles cuentan la historia. Que haya sido una federación extranjera —y no el Estado peruano— quien primero formalizó el estatus internacional del Chiribaya dice algo sobre los ritmos de la burocracia nacional frente a la iniciativa privada y civil.

Lo que está en juego

Para Hemisferio, el valor de estas dos razas no es solo arqueológico ni sentimental. Es un caso concreto de patrimonio natural ligado a la identidad productiva de una región: el Chiribaya nació como herramienta de gestión ganadera en los Andes del sur, y su preservación conecta directamente con las tradiciones económicas de comunidades que todavía crían camélidos sudamericanos.

El reconocimiento internacional —primero de la FCI para el viringo, ahora de la federación americana para el Chiribaya— demuestra que la iniciativa de organizaciones civiles y canófilas puede avanzar donde el aparato estatal se mueve despacio. El proyecto de ley pendiente es un paso necesario, pero la historia de estas razas sugiere que su supervivencia ha dependido menos de los decretos y más de quienes, a lo largo de siglos, decidieron seguir criándolas.

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