La escena lo dice todo: una galería en el norte de Bogotá, paredes que apenas sostienen imágenes antes de que estas se conviertan en atmósfera. Así describe Ana Lucía Arbeláez, curadora de la exposición, el universo de Lorenza Panero — una artista que, según sus propias palabras, trabaja para «hacer visibles las conexiones entre nosotros».
Panero llega a La Balsa Arte con Evanescente, muestra que comparte con la artista Natalia Mendieta y que permanecerá abierta hasta el 9 de septiembre en la Carrera 9 73-44 Local 2B. El horario es de lunes a viernes de 10:00 a.m. a 6:00 p.m., y los sábados de 11:00 a.m. a 2:00 p.m.
Los detalles cuentan la historia. Colombo-americana, nacida en Nueva York, Panero vive y trabaja en Bogotá desde hace décadas. Se formó en el Rhode Island School of Design, donde obtuvo su BFA, y en Hunter College, donde completó su MFA en pintura, arte público e instalación. Desde 1985 ha presentado numerosas exposiciones individuales y ha sido incluida en muestras de museos latinoamericanos.
Su firma más reconocible es la luminografía: imágenes creadas sin cámara en el cuarto oscuro mediante un uso innovador de la luz. No es un recurso decorativo. Es el núcleo de una investigación que lleva décadas en marcha, una exploración de los límites entre lo que se ve y lo que se siente, entre el realismo y la abstracción.
«Su pintura y su obra sobre papel viven en un terreno etéreo, más cercano al aire o al agua que a la tierra — todo tiende a disolverse, a perder el borde, a convertirse en atmósfera antes que en forma», explica Arbeláez. La curadora recuerda incluso que David Manzur ya notaba en el trabajo de Panero algo de «mundo onírico, mágico y misterioso». No hay un lugar que identificar en sus piezas, sino algo que se siente antes de poder describirse.
La propia artista es precisa sobre su intención: «Trabajo para hacer visibles las conexiones entre nosotros y para resaltar el sentimiento de ansiedad cuando nos enfrentamos a lo espiritual en la vida». Sus paisajes, dice, se convierten en «lugares para cuestionar la relación entre la humanidad y su entorno, y para enfrentar nuestra capacidad para coexistir».
El proceso y los materiales definen el eje físico de la obra. Movimiento, un centelleo constante y multiplicidad significativa son los rasgos que Panero empuja hasta los límites del color, el tono, la estructura y el contorno. El resultado no es decoración: es un cuestionamiento sobre la naturaleza del individuo, la comunidad y el lugar.
«Los espacios que construyo se basan en la naturaleza y nuestra relación al mundo real», afirma. «Nutridos y definidos por las mitologías de nuestro tránsito en el planeta, estos son lugares de memoria, de anhelo, y de comunión». Y añade: «Mi trabajo teje lo sublime con lo peligroso, e invita a cuestionar la responsabilidad del individuo y su capacidad de acción en el mundo».
La muestra conjunta con Natalia Mendieta suma otra voz al diálogo. Dos artistas, un mismo espacio, preguntas distintas que orbitan territorios parecidos: lo fugaz, lo emocional, lo que no termina de precisarse.
Para entender el presente hay que volver a esa semana en que una galería bogotana decidió apostar por lo que no se deja sostener con las manos. Evanescente no es una exposición sobre paisajes: es una exposición sobre la experiencia de percibirlos. Esa distinción, aparentemente sutil, es en realidad la apuesta más ambiciosa del arte contemporáneo colombiano cuando funciona bien — cuando renuncia al concepto fácil y confía en que el espectador complete la obra.
En un mercado cultural donde la novedad se consume y descarta a velocidad industrial, la propuesta de Panero defiende algo más difícil: la lentitud, la contemplación, el valor de lo que se desvanece. Esa es, también, una forma de resistencia.



