La escena lo dice todo. Camiones detenidos en rutas cortadas, ferias libres sin abastecimiento en varias comunas y estantes más caros en supermercados: esa es la fotografía que dejaron las lluvias en Chile esta semana, según el propio gremio agrícola más representativo del país.
Antonio Walker, presidente de la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA), salió a aclarar el martes lo que el día anterior había dejado en suspenso. En un nuevo comunicado, el líder gremial reconoció que «existe una alteración en la normal distribución de alimentos, no en la cantidad disponible». La distinción es relevante: el problema no es que falten productos en el campo, sino que no llegan a tiempo a los mercados.
«Los cortes en carreteras, caminos rurales y puentes están retrasando la llegada de productos a mercados mayoristas, minoristas, supermercados y ferias libres», detalló Walker, quien agregó que «restablecida la logística, los precios deberán normalizarse».
El giro respecto a la jornada anterior fue notable. Este lunes, la SNA había sostenido que «mientras exista oferta suficiente, los precios no debieran subir», y había llamado a la ciudadanía a «no validar alzas especulativas». Menos de veinticuatro horas después, el mismo gremio reconocía implícitamente que esas alzas ya estaban ocurriendo, aunque atribuidas a la logística y no a la especulación.
En cuanto a los daños concretos, Walker fue cauto. «No nos atrevemos a entregar una cifra para cuantificar los daños. Es prematuro y no tenemos los elementos de juicio para hacerlo», afirmó, y añadió que «corresponde sortear la emergencia; ya habrá tiempo de cuantificar los daños, que se concentran principalmente en infraestructura vial e hídrica y en viviendas».
Los detalles cuentan la historia. La SNA había advertido el lunes que existen «buenas reservas de papas, cebollas y legumbres, y disponibilidad de hortalizas provenientes del norte», y que el gremio estaba «monitoreando posibles interrupciones en las cosechas de cítricos y paltos». Esos cultivos, junto con el funcionamiento de las ferias libres en algunas comunas, siguen bajo vigilancia.
El cuadro tiene, sin embargo, una cara positiva que Walker subrayó con énfasis. Las mismas lluvias que rompieron la cadena de distribución también rompieron años de sequía. «Recuperamos las reservas de nieve, que estaban un 92% por debajo de un año normal, y las reservas de agua en embalses que se encontraban en niveles mínimos, un volumen que puede durar tres o cuatro años», afirmó el presidente de la SNA.
El caso más elocuente, según Walker, es la región de Coquimbo. «La región perdió un 40% de su superficie agrícola por la sequía de los últimos años. Hoy sus ocho embalses están recuperando capacidad y se están recargando los acuíferos, lo que permite que los pozos profundos vuelvan a tener un caudal normal», destacó.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. Chile lleva años acumulando déficit hídrico severo; las precipitaciones de estos días son, en términos estructurales, una noticia extraordinariamente buena para la agricultura de mediano plazo. El precio inmediato, sin embargo, lo pagan los consumidores en la góndola.
Desde la línea editorial de Hemisferio, el episodio ilustra una verdad incómoda que los gobiernos suelen ignorar: la infraestructura vial y la logística privada no son gastos prescindibles, sino el sistema nervioso del abastecimiento. Cuando los caminos fallan, el costo lo absorbe primero el consumidor de menores ingresos, que depende de la feria libre y no del supermercado con stock de reserva. La pregunta que debería formularse la clase política chilena no es solo cuánto costaron las lluvias, sino cuánto costó años de inversión insuficiente en conectividad rural. La libre empresa puede adaptarse a la emergencia; lo que no puede hacer es construir puentes por sí sola cuando el Estado no los mantuvo.



