La escena lo dice todo. Mientras el desierto de Coquimbo amanecía cubierto de barro y los cauces secos recuperaban vida, los técnicos de la Dirección Meteorológica de Chile (DMC) revisaban cifras que no veían desde hacía años.
El sistema frontal que golpeó la Región de Coquimbo dejó acumulados que reescriben los registros locales. Según informó a La Tercera Elio Brufort, de la DMC, la estación de Cerro Tololo encabeza los registros con 214,2 milímetros acumulados durante el evento. Le siguen Salamanca con 197 mm, Monte Patria con 137,5 mm, Ovalle con 122,6 mm y Vicuña con 89,4 mm. La estación La Florida, en el sector de La Serena, registró 59,8 mm solo durante este episodio.
El dato que pone en perspectiva la magnitud del fenómeno lo entregó el propio Brufort: en La Florida, un año normal acumula 51,2 milímetros. A la fecha del reporte —contando precipitaciones hasta las 8 de la mañana del día informado— la estación ya llevaba 70,8 mm, lo que representa un superávit de 38,3% respecto del promedio anual. En otras palabras, en pocos días cayó más agua de la que normalmente cae en doce meses.
La tregua no llegará de inmediato. Según las proyecciones de la DMC, las precipitaciones continuarán en la región hasta la noche del martes. «De ahí el miércoles ya parar», precisó Brufort. Para los días lunes y martes, el organismo proyecta nuevos acumulados diferenciados por zona: entre 10 y 20 mm en el litoral; entre 25 y 35 mm el lunes y entre 15 y 25 mm el martes en la cordillera de la costa; entre 10 y 20 mm el lunes y entre 15 y 20 mm el martes en valles precordilleranos y precordillera. En la alta cordillera, el pronóstico considera entre 35 y 45 centímetros de nieve tanto el lunes como el martes.
Los detalles cuentan la historia. Coquimbo es una región definida históricamente por la escasez hídrica: sus valles transversales dependen de deshielos y de una pluviometría que en años normales apenas supera los 50 milímetros anuales en el valle central. Un evento que triplica o cuadruplica esa cifra en una sola semana no es solo una anomalía estadística; es una prueba de tensión para la infraestructura de drenaje, los caminos rurales y las comunidades agrícolas que sostienen la producción de uva de mesa y pisco de la zona.
Para entender el presente hay que volver a esa semana. La acumulación en Cerro Tololo —un observatorio astronómico de referencia internacional situado en la cima de los cerros de la región— supera cuatro veces el promedio anual de La Florida. Esa disparidad geográfica, entre el fondo de valle y las alturas, ilustra la complejidad del evento: los sistemas frontales que penetran hasta esta latitud descargan con especial intensidad en las estribaciones andinas y en los cerros costeros, mientras los valles reciben montos menores pero igualmente extraordinarios.
La gestión de estos episodios extremos exige respuestas ágiles del aparato estatal en sus niveles más básicos: habilitación de pasos cortados, asistencia a comunidades aisladas y monitoreo de cauces. La capacidad de anticipación —en este caso, la proyección día a día de la DMC— es el primer eslabón de esa cadena. Cuando ese eslabón funciona, los costos humanos y materiales se reducen. Cuando falla, los contribuyentes pagan dos veces: primero la reconstrucción, luego la explicación.
El desenlace climático de esta semana en Coquimbo será, en todo caso, una fotografía de lo que la región puede enfrentar con mayor frecuencia. La infraestructura hídrica, los planes de emergencia municipal y la capacidad de respuesta privada —agricultores, mineras, operadores turísticos— serán los verdaderos termómetros de si la región aprendió a convivir con sus extremos.



