La noche del sábado, en Lima, el Festival Internacional de Cine de Lima PUCP cerró su trigésima edición con una ceremonia que repartió galardones entre seis países y confirmó la vitalidad de una industria que trabaja, en su mayor parte, al margen del aparato estatal y de las grandes plataformas.
El premio mayor de la noche fue para la película mexicana «Seis meses en el edificio rosa con azul», de Bruno Santamaría, reconocida como mejor film de ficción. La cinta retrata el día en que su protagonista de 11 años se enamora de su mejor amigo, a finales de los años 90 en México DF. Santamaría recogió el galardón en persona.
En la competencia peruana, el jurado distinguió «Manuales de supervivencia», de Luisa García Alva, como mejor película nacional. La cinta narra la historia personal de su directora cuando descubre que tiene VIH; el jurado valoró, según la organización, «la honestidad y valentía para contar una historia tan personal con frescura».
El premio al mejor documental recayó en «Relicto», del colombo-francés Guillermo Quintero, que sigue el viaje del «último indio tinigua» a su comunidad en el norte de la Amazonía colombiana. La pieza suma a Colombia y Francia en una coproducción que ilustra cómo el cine independiente de la región cruza fronteras sin necesidad de grandes presupuestos.
Chile tuvo una noche especialmente productiva. «Hangar Rojo», de Juan Pablo Sallato —una historia construida alrededor del golpe militar de 1973— se llevó tres premios: mejor dirección, mejor fotografía y mejor actor, este último para Nicolás Zárate. Tres estatuillas para una sola película es un resultado que pocas veces se ve en festivales de esta escala.
México volvió a aparecer en el palmarés con Fernanda Tovar, elegida mejor directora latinoamericana por «Chicas tristes». La misma película acumuló el galardón al mejor guión y el de mejor actriz, compartido entre sus dos protagonistas, Rocío Guzmán y Darana Álvarez.
El premio especial del jurado fue para «La hija cóndor», producción boliviana rodada en quechua por Álvaro Olmos Torrico, que retrata los sueños de una adolescente en una comunidad andina. El dato del idioma no es menor: el quechua rara vez llega a una pantalla de festival internacional.
El público, por su parte, eligió «Comparsa», coproducción de Guatemala y Estados Unidos dirigida por Vickie Curtis y Doug Anderson, sobre dos hermanas adolescentes que lideran lo que la organización describió como «una luminosa rebelión por la sobrevivencia» en un barrio guatemalteco.
En la competencia peruana, el premio a mejor dirección fue para Samuel Urbina por «Aquella sombra desvanecía», mientras que la mejor ópera prima correspondió a «La noche está marchándose ya», de los argentinos Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas.
La ceremonia incluyó un homenaje al director brasileño Kleber Mendonça Filho, a quien el festival describió como «uno de los directores contemporáneos más importantes de Latinoamérica». Mendonça Filho había ganado el año pasado el premio a la mejor película por «El Agente Secreto». En su discurso de agradecimiento, el brasileño dirigió sus palabras a los cineastas jóvenes: «El cine es una manera muy fuerte de quebrar la narrativa oficial. Aunque el mundo hoy se muestre de una forma siniestra (...) es un gran momento para hacer películas».
En números, la trigésima edición reunió a más de 33.000 personas entre el 6 y el 15 de agosto, en más de 100 proyecciones de largometrajes, mediometrajes y cortometrajes, además de talleres, charlas y encuentros con cineastas.
Los detalles cuentan la historia. Un festival que convoca a más de 33.000 espectadores sin el ruido de las grandes premiaciones globales es, en sí mismo, un argumento sobre lo que puede construirse desde la sociedad civil y la iniciativa privada cuando el espacio existe. El palmarés de esta edición —diverso en geografías, idiomas y presupuestos— sugiere que el cine latinoamericano no necesita tutela burocrática para encontrar su voz. Lo que necesita es pantalla y público. Lima, por trigésima vez, ofreció ambas cosas.



