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Las palabras que sí importan al final

Enfermeras de cuidados paliativos y médicos que acompañan a los moribundos coinciden: no existe el guion perfecto, pero la presencia y unas pocas frases honestas cambian el desenlace para ambos lados.
Imagen ilustrativa
miércoles 5 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Sydney Mishkin llevaba semanas revisando mensajes de texto y escuchando buzones de voz de su padre, que padecía un sarcoma en estadio IV desde hacía siete años. Quería identificar las palabras que algún día podría lamentar no haber dicho. Cuando por fin se sentó frente a él, una semana antes de que muriera, le dijo: «No hay nada que haya querido decirte y no te haya dicho». Él, muy débil, encontró fuerzas para responder: «No podría pedir una mejor hija». Días después ya no podía hablar.

Mishkin describe ese intercambio como profundamente significativo, aunque también agridulce. Le preocupaba haber dicho demasiado o haber obligado a su padre a reunir energía para una respuesta a la altura. «¿Cómo resumir toda una vida de amor en una o dos frases?», se pregunta.

La respuesta, según quienes pasan sus carreras junto a los moribundos, es que no hace falta resumirla.

Ir ahora, no al funeral

El doctor Ira Byock, médico de cuidados paliativos en Montana y autor de The Four Things That Matter Most, tiene una pregunta de cabecera cuando alguien le consulta si debería visitar a un amigo o familiar gravemente enfermo: «¿Irías al funeral?». La respuesta casi siempre es sí. «Pues ve ahora», dice Byock. En el velatorio se dirán cosas generosas sobre lo extraordinaria que fue esa persona. Es mejor decirlas mientras puede escucharlas.

Hadley Vlahos, enfermera de hospicios y autora de The In-Between, escucha con frecuencia a familias que le piden que las avise cuando se acerque el final. Su respuesta no cambia: «Tienen que venir ahora mismo. Todos buscan el momento perfecto y siempre creen que habrá más tiempo». En los cuidados paliativos, dice, ocurre lo contrario: empezar antes deja más espacio para conversaciones que valen la pena. «No querrás esperar a que estén en coma».

La doctora Kate Brazzale, directora médica de Empath Health —que opera la mayor red de hospicios sin fines de lucro de Florida—, va más lejos: la ventana para un verdadero diálogo se cierra antes de lo que la mayoría de las familias espera. «No esperes, porque la persona que está muriendo necesita poder responder y hablar. Hacia el final quizá ya no pueda, y no es justo descargar todo sobre ella en ese punto».

A veces no hay ventana alguna. Christine Davies, directora de atención espiritual en el Robert Wood Johnson University Hospital y capellana hospitalaria desde hace más de 25 años, lo sabe bien: «Puede que ni siquiera tengamos la oportunidad de decir esas últimas palabras, y por eso hay que decirlas todo el tiempo. Saber que ningún día está garantizado lo hace todo más sagrado».

El guion que no existe

Una vez en la habitación, Byock sugiere empezar por lo más obvio: «Qué bueno verte. He pensado mucho en ti. Qué bien estar aquí contigo». Desde ahí, decir lo que se da por sentado pero rara vez se pronuncia en voz alta: «Nuestra relación vale mucho para mí. Has sido muy importante en mi vida». Y luego lo concreto, como en un homenaje póstumo pero sin excederse: «Siempre has estado ahí para mí». «Eres una de las personas más divertidas que he conocido».

«Nótese que solo estoy diciendo las cosas más evidentes», explica Byock. «Si alguien te importa lo suficiente como para viajar a verlo, es importante para ti. Este es el momento de decirlo en voz alta».

Después, el foco cambia hacia quien está muriendo. La pregunta favorita de Byock: «¿Cómo estás físicamente? Pero también, ¿cómo estás por dentro?». Cuando la respuesta sorprende o no se entiende del todo, Brazzale recomienda tres palabras en lugar de apresurarse a consolar: «Ayúdame a entender». A diferencia de «sé cómo te sientes» —que pocas personas pueden decir con verdad en ese contexto—, la frase abre una puerta.

Davies utiliza además lo que llama revisión de vida: invitar a la persona a reflexionar sobre las experiencias que moldearon su historia, los momentos altos y bajos, los arrepentimientos, las celebraciones y el legado que dejará. Ese repaso puede incluir mucha risa: familias que recuentan historias favoritas o bromean con chistes internos. «No tengo idea de a qué se refieren», dice Davies, «pero es como si estuvieran reconstruyendo los relatos».

Lo que está en juego

Para Hemisferio, la lección de fondo no es solo clínica. En una cultura que delega cada vez más el acompañamiento al aparato sanitario —a protocolos, formularios y especialistas—, estos testimonios recuerdan que hay algo que ninguna burocracia puede sustituir: la presencia de una persona que eligió estar ahí. Los detalles cuentan la historia, y en este caso el detalle es simple: ir, hablar, escuchar. No porque haya un guion correcto, sino porque la ausencia de esas palabras es la única que de verdad pesa.

El libre albedrío de decir «te quiero» o «gracias» o «ayúdame a entender» no requiere regulación ni subsidio. Solo requiere decisión. Y según quienes han visto morir a miles de personas, es la decisión que más se agradece —y la que más se lamenta cuando no se toma.

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