La escena lo dice todo. Un diseñador gráfico venezolano radicado en Panamá se para frente a un edificio de ornamentales calados, levanta la vista y piensa en Viena, en los nazis, en un adolescente que cruzó el Atlántico y terminó fundando una facultad de arquitectura. Esa cadena de detalles es, para Daniel González, la razón por la que caminar una ciudad equivale a recorrer un museo.
«Las ciudades son como museos y los edificios son sus obras de arte», repite González como si fuera un axioma. Y desde esa convicción construye su argumento central: Panamá posee un patrimonio arquitectónico del movimiento moderno de primer orden, poco protegido y peor aprovechado.
El edificio que nadie debería demoler
Si González tuviera que elegir una sola obra, elegiría la antigua Aeronáutica Civil de Panamá. La describe con la precisión de quien la ha estudiado y la pasión de quien la ha defendido en recorridos públicos por El Cangrejo. El edificio concentra lo que define al movimiento moderno local: aleros sobre las ventanas para bloquear el sol, techos altos, ventilación cruzada y, sobre todo, ornamentales —ladrillos huecos con formas geométricas— que González califica como «los más bellos» que ha visto. «Son unas obras de arte», dice sin matices.
Detrás de esa fachada hay una historia de migración y talento. El arquitecto responsable llegó de Viena huyendo del nazismo, se radicó en Panamá cuando era adolescente, estudió en la Universidad de Panamá y fue uno de los primeros en abrir la Facultad de Arquitectura. González lo llama, sin ambages, «el dios de la arquitectura panameña» de ese periodo. Su nombre, según González, es Richard Holzer.
Para períodos anteriores —principios del siglo XX, los años veinte— González reserva otro nombre: Leonardo Villanueva Meyer, de origen peruano, a quien considera el mejor arquitecto de esa etapa.
Bella Vista: el barrio que debió protegerse
Más allá de edificios singulares, González señala un caso de política patrimonial fallida: el barrio de Bella Vista. Allí existe lo que él llama arquitectura «bellavistina», un estilo que, según afirma, no existe en ningún otro lugar del mundo. «Yo soy de los que opinan que Bella Vista debió haber sido protegida con el Casco para que perdure», sostiene, en referencia a la protección legal que sí recibió el Casco Antiguo.
El argumento no es solo estético. González lo traduce en términos de valor económico y turístico: hay viajeros que recorren el mundo específicamente para ver arquitectura, y Panamá tiene un producto diferenciado que no está explotando. «Yo, como gobernante o con algún poder político, lo tomaría como bandera turística», dice. La frase revela una frustración: el Estado no ha hecho el cálculo que cualquier promotor privado haría.
El clima como diseño, no como problema
González introduce un contrapunto técnico que tiene implicaciones actuales. La arquitectura del movimiento moderno panameño —y también la llamada arquitectura zonian o canalera, presente en Clayton, Albrook y Quarry Heights— fue concebida para el trópico: ventilación cruzada, aleros, techos altos. Cien años después, esas casas «siguen funcionando», dice, y podrían hacerlo «sin aire acondicionado».
El paralelo que traza es revelador: en Maracaibo, Venezuela, las compañías petroleras norteamericanas replicaron exactamente el mismo modelo constructivo porque el clima era comparable. «Es copy paste», resume. Lo que funcionó en el istmo funcionó en el lago. La lógica climática era el manual.
La ironía es que la arquitectura contemporánea —torres de vidrio, fachadas selladas— abandonó esa sabiduría en cuanto apareció el aire acondicionado. González no lo dice como nostalgia romántica, sino como un dato de eficiencia: se diseñó mejor cuando no había otra opción.
Lo que está en juego
La conversación con González ilumina una tensión que Panamá no ha resuelto: entre el desarrollo vertical que atrae inversión y la preservación de un patrimonio que también genera valor, solo que de forma menos inmediata y más difusa.
Desde la perspectiva de Hemisferio, el caso es instructivo. El patrimonio arquitectónico no es un gasto público ni una concesión al sentimentalismo: es un activo. Ciudades como Buenos Aires, Ciudad de México o La Habana han construido industrias turísticas enteras sobre la singularidad de su tejido urbano histórico. Panamá tiene el material —Holzer, Villanueva Meyer, los ornamentales de la Aeronáutica Civil, la textura irrepetible de Bella Vista— pero carece, según González, de la decisión política de protegerlo y monetizarlo.
El mercado premia la diferenciación. Un barrio demolido para construir una torre genérica es un activo destruido, no creado. Esa es la lección que González lleva a sus recorridos callejeros, edificio por edificio, alero por alero. Y es la lección que los responsables de la política urbana panameña todavía no han terminado de aprender.



