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Las catorce rectoras

En dos años, Chile vivió el mayor recambio de liderazgo femenino universitario de su historia reciente. Catorce mujeres conducen hoy las principales casas de estudio del país, y sus trayectorias revelan un patrón que va más allá del género.
Imagen ilustrativa
jueves 6 de agosto de 2026

La escena lo dice todo. Jacqueline Sepúlveda ingresó a estudiar Química y Farmacia en la Universidad de Concepción. Décadas después, según consigna La Tercera, encabeza esa misma institución. Jenniffer Peralta hizo lo propio en la Universidad de Tarapacá, donde llegó como estudiante de Psicología y hoy ejerce la rectoría. Dos historias que, multiplicadas por doce, configuran el fenómeno más significativo del gobierno universitario chileno en tiempos recientes.

En los últimos dos años, ocho nuevas rectoras asumieron sus cargos en universidades chilenas. Hoy son 14 las mujeres que lideran instituciones de educación superior en un sistema que agrupa 52 universidades. El dato es inédito, pero lo que resulta más revelador no es el número sino el recorrido.

Trece de las catorce rectoras construyeron su carrera dentro de la misma universidad que hoy dirigen. Años de docencia, investigación y gestión institucional antes de llegar al cargo máximo. En cinco casos, el vínculo comenzó incluso antes: ingresaron como estudiantes de pregrado. Esa permanencia —no la irrupción desde afuera— es la regla.

La experiencia de gestión confirma el patrón. Las catorce habían ocupado cargos directivos de primer nivel antes de asumir la rectoría. La vicerrectoría aparece como la principal antesala: siete de las actuales rectoras desempeñaron esa función antes de alcanzar el cargo. Otras tres llegaron desde la prorrectoría y tres desde una decanatura. La principal excepción es Claudia Peirano, de la Universidad Santo Tomás, quien llegó al cargo tras presidir la Fundación Educacional Oportunidad y ejercer como vicepresidenta del directorio de la Universidad Alberto Hurtado.

El acceso al cargo varía según el tipo de institución. En las universidades estatales, la rectoría se define mediante elecciones en las que participan los académicos con derecho a voto. Por ese mecanismo fueron elegidas las rectoras de la Universidad de Chile, La Serena, Tecnológica Metropolitana, Tarapacá, O'Higgins y la UMCE, además de Sepúlveda en la Universidad de Concepción —institución de la Red G9 que mantiene ese sistema—. En las universidades privadas y en aquellas cuyos estatutos contemplan designación, la rectora es nombrada por los órganos superiores de gobierno. Es el caso de María Cecilia Hernández y Marcela Momberg, designadas por los grandes cancilleres de las universidades Católica del Norte y Católica de Temuco, respectivamente.

Algunas instituciones ya acumulan historia en este terreno. La Universidad de Las Américas es la única que suma tres rectoras: la actual, Pilar Romaguera, fue precedida por Pilar Armanet y, antes, por Patricia Cabello. En la UMCE, Solange Tenorio sucedió a Elisa Araya. En la Universidad Miguel de Cervantes, Francisca Ortega reemplazó a Marigen Hornkohl.

La formación de las rectoras refleja la diversidad del sistema. Sus títulos de pregrado abarcan 11 disciplinas distintas, obtenidos en diez universidades diferentes. No existe una profesión dominante: hay economistas, ingenieras, psicólogas, abogadas, historiadoras, antropólogas, químicas farmacéuticas y especialistas en educación. Solo Ingeniería Comercial se repite en tres casos. La Universidad de Chile es la única institución que formó a tres de las actuales rectoras —Alejandra Mizala, Pilar Romaguera y Claudia Peirano—.

Donde sí aparece un patrón definido es en el posgrado. Ocho de las 14 poseen doctorado y siete lo obtuvieron en universidades extranjeras. España y Estados Unidos concentran la mayor parte de esos grados, aunque también figuran Canadá, Austria y Japón.

Para entender el presente hay que volver a ese dato central: no es la disciplina ni el origen institucional lo que unifica a estas catorce mujeres, sino la acumulación paciente de capital institucional dentro de sus propias casas de estudio. Es un liderazgo construido desde adentro, no importado.

Desde la perspectiva de Hemisferio, el fenómeno merece una lectura que va más allá del titular de género. Lo que estas trayectorias demuestran es que el mérito acumulado —docencia, investigación, gestión progresiva— sigue siendo el camino más sólido hacia el liderazgo institucional, independientemente de cuotas o mecanismos de ingeniería social. La diversidad de disciplinas y orígenes no fue diseñada: emergió de procesos de selección —electorales o de designación— que premiaron el recorrido. Esa es, quizás, la lección más duradera de este recambio histórico.

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