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Lali Espósito pone en escena el golpe al cine argentino y apunta al gobierno

La actriz dijo en San Sebastián que el cine nacional está en «un muy mal momento» y que ha sido «muy atacado por el gobierno». Su diagnóstico vuelve a instalar el costo cultural y económico de una política que tensiona a la industria.
Imagen generada con IA
sábado 19 de septiembre de 2026

Lali Espósito aprovechó su paso por el Festival Internacional de Cine de San Sebastián para dejar una definición que resume la tensión del momento: el cine argentino, dijo, está pasando «un muy mal momento» y ha sido «muy atacado por el gobierno».

La frase salió en una entrevista con el medio español Mediafestival, mientras la actriz presentaba Glaxo, la película dirigida por Benjamín Naishtat. En esa charla, Espósito llevó el tema más allá del sector audiovisual y lo conectó con una dinámica global que, a su juicio, empuja la polarización. «Es una dinámica y una narrativa que se instaló medio a nivel global, la polarización de los discursos de odio, una narrativa que divide mucho a la gente entre sí», sostuvo.

La artista dijo además que esa lógica deja secuelas concretas en la conversación pública: «Hicieron que haya gente que piense que otra gente no merece algo». En ese marco, llamó a cada uno a asumir la pelea que le corresponde: «Les toca a cada quien pelear lo que está pasando».

San Sebastián fue también la vidriera de una puesta en escena con mensaje. Espósito llegó con una remera blanca que llevaba la frase «Las Malvinas son argentinas», con la tipografía usada por la Selección Argentina tras eliminar a Inglaterra en las semifinales del Mundial 2026. El look se completó con anteojos negros, un blazer oversized del mismo color y botas altas acordonadas. La imagen se viralizó de inmediato en redes sociales.

La elección no fue aislada. La artista también había compartido la fotografía de la bandera con esa consigna tras aquel partido, lo que le dio continuidad a su aparición ante la prensa en Donostia. La escena lo dice todo: en torno a Espósito, la cultura, la identidad nacional y la disputa política aparecen cada vez más entrelazadas.

El episodio ocurre además en medio de un nuevo cruce con el poder. Días atrás, Javier Milei se refirió al video en el que Patricia Bullrich, jefa del bloque de La Libertad Avanza en el Senado, publicó en X la canción «No me importa», de Lali, en el marco de sus reparos por cambios al régimen de discapacidad incluidos en el proyecto de Presupuesto 2027. Ante una pregunta de la periodista Marcia Frisciotti, Milei respondió: «¿Cuál sería el problema de que escuche a Lali? Para mí no sería ningún problema. De hecho, me parece una tontería mayúscula politizar el arte. Es más, luego de la polémica escuché algunos temas y me gustaron».

La relación conflictiva entre Milei y Espósito viene de lejos. El texto recuerda que se remonta a las PASO de 2023, cuando la cantante reaccionó al triunfo libertario con la frase «Qué peligroso, qué triste». Después, en 2024, profundizó la disputa con la canción «Fanático», interpretada ampliamente como una respuesta a los cuestionamientos del entonces candidato y luego presidente.

Glaxo está basada en la novela homónima de Hernán Ronsino, publicada en 2009 y ambientada en Chivilcoy desde 1957. La película sigue a cuatro amigos cuyo vínculo se quiebra con la llegada al pueblo de un expolicía. Es una coproducción entre Argentina y Brasil que ya tuvo su estreno mundial en el Festival Internacional de Cine de Toronto.

En San Sebastián, Espósito compite por la Concha de Oro en una edición a la que el año previo había asistido como integrante del jurado. El elenco incluye, además de Espósito, a Esteban Lamothe, Marcelo Subiotto, Esteban Bigliardi, Manu Fanego y Alan Sabbagh.

El problema de fondo es más amplio que una disputa entre una cantante y el Presidente. Cuando una industria cultural denuncia que el Estado la ataca, el conflicto deja de ser simbólico y pasa a medir incentivos, libertad de creación y capacidad real de producir. Si el aparato estatal vuelve más difícil hacer cine, el costo no lo paga una consigna: lo pagan trabajadores, productores y público.

Para entender el presente hay que volver a esa semana: el caso Lali-Milei muestra cómo la política argentina convirtió a la cultura en un campo de batalla. Pero también recuerda algo elemental: cada vez que el gobierno entra a disciplinar o a castigar sectores creativos, termina dañando la diversidad y la iniciativa privada que hacen posible esa industria.

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