Era un viernes a la tarde y Hernán Lacunza posaba ante la cámara con cierta incomodidad. El exministro de Hacienda del gobierno de Mauricio Macri admite que no había planificado este momento, pero ya tiene hoja de ruta: equipo de asesores en formación, viajes al interior del país y una conversación decisiva a sus espaldas.
La escena lo dice todo. Días antes del inicio del Mundial, Lacunza se reunió a solas con Macri en el departamento del expresidente en Palermo. Le planteó su intención de anotarse en la carrera preliminar para suceder a Javier Milei. La respuesta del líder de Pro fue escueta y suficiente: «Avanzá».
Desde entonces, Lacunza habla con una franqueza que escasea en la política argentina. «Veo a Macri y a una parte importante de Pro decididos a enfrentar a Milei», afirmó en una entrevista con La Nación. No es un matiz ni una insinuación: es una declaración de competencia electoral para 2027, en un partido que hasta ahora había oscilado entre la colaboración y la subordinación al gobierno libertario.
El diagnóstico: luces y sombras
Lacunza no carga contra el Gobierno con brocha gruesa. Reconoce que la administración Milei «sorteó una herencia muy difícil con audacia y pericia» y que la inflación bajó a un régimen de entre el 2% y el 4% mensual. Llama a eso «previsibilidad nominal» y lo valora.
Pero ahí termina el elogio. El economista identifica una fractura estructural en el modelo: hay un motor encendido —energía, minería, agro— y otro apagado —industria manufacturera, construcción, comercio—. Y ese segundo motor es, según él, el mayor generador de empleo. «Eso alcanza para que el avión planee y no se caiga, pero con el pasaje escorado del lado del motor apagado», dice. Ese pasaje son los conurbanos de Buenos Aires, el Gran Córdoba, Rosario, Tucumán.
La inversión agrava el cuadro: cuatro trimestres consecutivos de caída. Los directorios de empresas locales y extranjeras, según Lacunza, hunden menos capital en Argentina no solo por riesgo político sino por baja rentabilidad y costos de producción elevados.
Lo que cambiaría y lo que conservaría
El precandidato es cuidadoso en no dinamitar el piso que Milei construyó. El «trípode» —equilibrio fiscal, fin de la emisión monetaria, integración al mundo— lo declara intocable. «De ese triángulo no hay que cambiar nada», afirma. Lo presenta, incluso, como un posible legado positivo del gobierno actual y como la antítesis del kirchnerismo.
Lo que propone agregar es diferente: completar la reforma monetaria y cambiaria, levantar el cepo que aún pesa sobre las empresas, bajar impuestos cuando el crecimiento lo permita y —aquí el punto más sensible— volver a hacer obra pública. «No hay más margen para ajustar», sentencia. Y lo fundamenta con una lógica de plazos: cerrar hospitales colapsa en una hora, cerrar escuelas en una semana, pero abandonar la infraestructura vial aguanta tres años. Al cuarto, dice, no se puede circular por las rutas.
No es un alegato por el gasto público sin límite. Es, en sus términos, una advertencia sobre el daño diferido de recortar bienes comunitarios cuya degradación tiene «distinta maduración».
La cuestión del estilo
Cuando se le pregunta si propone un «mileísmo con buenas formas», Lacunza rechaza el encuadre. «La violencia no es una cuestión de forma, siempre es una cuestión de fondo», responde. El insulto, el grito, la presión sobre la prensa no son, a su juicio, accidentes de comunicación: tienen un objetivo concreto. «El Estado no puede ejercer violencia de ningún tipo», concluye.
La lectura de Hemisferio
Lo que Lacunza pone sobre la mesa es una apuesta de alto riesgo y, al mismo tiempo, la más honesta que ha producido Pro en mucho tiempo: competir en lugar de cohabitar. El libre mercado no necesita un solo partido; necesita competencia real de ideas. Que un economista formado en la ortodoxia fiscal plantee completar la apertura cambiaria, bajar impuestos y respetar el equilibrio presupuestario no es traicionar el rumbo de Milei: es disputarle la autoría del rumbo.
El problema, como siempre en Argentina, es el calendario. 2027 está lejos y los acuerdistas dentro de Pro son mayoría hoy. Lacunza lo sabe. Por eso habla en voz baja, arma despacio su equipo y viaja al interior. Los que ganan las internas no suelen ser los que gritan más fuerte al principio.



