Last year, una autora de Time empezó a organizar fiestas mensuales en su casa. Cuando vio que dos amigos se llevaban muy bien, los presentó con una frase casual: «Ustedes dos deberían salir alguna vez». A partir de allí, hubo tres citas entre personas que se conocieron en esas reuniones.
La escena lo dice todo. Su experiencia la llevó a preguntarse si sus intentos involuntarios de hacer de casamentera tenían más éxito que las aplicaciones de citas. En su columna, plantea que una de las consecuencias tristes del auge de esas plataformas ha sido el retroceso del arte de presentar amigos entre sí.
Su argumento parte de una observación simple: en un momento moderno marcado por el aislamiento, la polarización y la soledad, devolverle espacio al círculo social puede cambiar la manera en que la gente se conoce. Cuando una amiga la llamó después de una cita para pedirle más información sobre el otro participante, pudo responderle dudas que jamás habrían tenido respuesta si se hubieran conocido como completos extraños en una aplicación.
Ese es el centro de la discusión. Las aplicaciones, dice, separan el encuentro de la red humana que ya existe alrededor de cada persona. Uno desliza el dedo entre desconocidos, a partir de unas pocas fotos y frases, con muy poco contexto sobre quién es realmente la otra parte más allá de lo que decidió mostrar.
Un amigo, en cambio, puede aportar datos que ningún algoritmo captura con precisión: cómo trata a otras personas, si es amable, gracioso, confiable y si realmente encaja con uno. Blythe Landry, terapeuta de trauma y relaciones, lo resume así: los amigos, sobre todo los de largo plazo, conocen los matices que una plataforma digital no puede registrar. «Los mecanismos digitales capturan datos factuales», dijo Landry. «Los amigos cargan historia, narrativas de trauma, bromas internas, la manera en que se arruga nuestra nariz cuando reímos y nuestro pedido favorito en Starbucks».
La autora también sostiene que quienes nos conocen bien suelen ver patrones que nosotros mismos ignoramos. Un año después de una ruptura, muchos escuchan la frase de una amiga: «Sabía que eso nunca iba a funcionar». Y no faltan los casos en que el juicio de un amigo resulta más honesto que el de una app que empareja según ubicación o preferencias básicas.
En uno de los pasajes más concretos, cuenta que llegó a decirle a una amiga que la persona que había conocido en una fiesta en su casa quizá no era compatible con ella en términos financieros. Finalmente, la amiga estuvo de acuerdo. Para la autora, ese tipo de conocimiento social vale mucho más de lo que suele reconocerse.
También hay un contrapunto generacional y casi doméstico. Dice que se molestó cuando una amiga le contó, casi de paso, que tenía tres hermanos. No porque quisiera salir con alguno de ellos, aclara, sino porque esos hermanos seguramente tenían grupos grandes de amigos y podrían haber sido una puerta a nuevas presentaciones. La amiga, que llevaba años en pareja, le respondió con una pregunta que resume la lógica de las plataformas: «¿Por qué querrías conocer a los amigos de mis hermanos si tienes el mundo entero al alcance de la mano?»
Para la autora, ahí aparece otra pérdida: cuando se borra la comunidad del proceso de conocer a alguien, las citas se vuelven estratégicas de la peor manera. Landry lo explica con crudeza: al vivir en una época en que casi todo ocurre en línea, hay demasiadas formas de evitar de antemano a una persona, incluso si en el mundo físico podría ser una pareja ideal.
El ejemplo más emotivo de la columna es el de una amiga de Landry, fallecida en 2021 de cáncer, a quien ella presentó años antes con el hombre que terminó siendo el amor de su vida. Landry recuerda que ambos protestaron al principio; decían no tener nada en común ni interés alguno el uno en el otro. Semanas después, vivían juntos. «Fue mi única presentación», dijo Landry. «Fue literalmente como si por un momento me hubiera convertido en una casamentera profesional».
Ahí está el desenlace que la autora quiere defender: no se trata solo de tecnología, sino de comunidad. Ser presentado por alguien que conoce a ambos cambia las reglas del juego. No se entra a una cita con un desconocido completo, sino con alguien que ya tiene un lugar dentro de la red social propia.
El cierre de su argumento va más allá de las parejas. También sugiere recuperar las fiestas en casa, las cenas informales y los tragos planificados con amigos, porque esos espacios de baja presión permiten conexiones que las pantallas no ofrecen. Dice que sus tres aciertos no prueban nada de manera científica, pero sí la hacen pensar que la vida romántica ha delegado demasiado en la tecnología.
La lectura editorial de fondo es clara: cuando la intimidad se traslada por completo a plataformas, la persona pierde el respaldo de su comunidad y queda más expuesta a un mercado frío de opciones infinitas. En cambio, el tejido social —amigos, cenas, casas, conocidos de conocidos— aporta información real, contexto y confianza.
En tiempos de soledad y desconexión, esa red vale más que la ilusión de tener todo el mundo al alcance de un dedo. Y si las aplicaciones convierten el amor en un ejercicio de consumo, la presentación entre amigos devuelve algo mucho más básico: criterio humano, reputación y comunidad.



