La escena lo dice todo. Una joven bogotana sentada frente a un televisor ve por primera vez una ópera —El elixir de amor con Ana Netrebko y Rolando Villazón— y algo se mueve de manera irreversible. No había en su casa discos de Verdi ni de Mozart, apenas vallenato, cumbias, bullerengue y mapalé. Nadie le había dicho que ese mundo existía. Y sin embargo, en ese instante, decidió —sin saberlo todavía— que iba a cambiar de vida.
Esa joven es Julieth Lozano, soprano bogotana que este sábado a las 6:00 p.m. actúa como solista invitada en el séptimo concierto de temporada de la Orquesta Filarmónica de Medellín (Filarmed), en el Teatro Metropolitano. La historia de cómo llegó hasta allí es, en sí misma, un argumento de ópera.
De la ingeniería al escenario
Cuando Lozano descubrió la ópera, estudiaba ingeniería industrial. Cantar era, en sus propias palabras, «un hobby», algo que hacía «de puro parche» y «por amor». Pasaron tres o cuatro semestres antes de que se rindiera ante lo evidente: la música no era un pasatiempo, era su vida. «Yo vivía la música, aunque no era buena cantante. Tenía una vocecita chiquita», recuerda.
Lo que siguió fue un proceso de construcción paciente. Lozano compara el entrenamiento vocal con levantar pesas: «Tú empiezas despacito, vas entendiendo». Pero a diferencia de otros instrumentos, la voz no tiene teclas ni trastes. «No hay alguien que te pueda decir, como en un piano, pon el dedo aquí o así. Hay muchas cosas que tienes que descubrir tú».
Ese descubrimiento, dice, no es solo técnico. Es también emocional y, en cierta medida, espiritual. «Hay un montón de traumas emocionales que uno tiene y que se reflejan en la voz, y hasta que uno no soluciona sus traumas y su salud mental, la voz sigue afectada, porque la voz es el reflejo de lo que somos».
Un recorrido de escenario en escenario
El camino desde aquella sala de televisión hasta los grandes teatros del mundo ha sido, según cualquier métrica objetiva, extraordinario. Lozano ha cantado en el Royal Albert Hall de Londres, la Ópera de la Bastille en París, el Palau de la Música Catalana en Barcelona, el Auditorio Nacional de Música en Madrid y la Ópera de El Cairo, entre otros escenarios. En 2018 recibió el Premio del Presidente, entregado por el Rey Carlos III. En 2023 obtuvo el premio Dame Kiri Te Kanawa en el Cardiff Singer of the World, una de las competencias de canto lírico más prestigiosas del planeta.
Y sin embargo, cuando habla de su trabajo, Lozano no habla de premios ni de salas. Habla de vibraciones. «La voz son vibraciones; cuando yo canto, siento que estoy compartiendo vibraciones. Siento que las vibraciones de mi ser entran a las personas. Es compartir siempre un pedacito de mí con otros».
Strauss en Medellín
Para el concierto de este sábado, Lozano interpretará obras de Richard Strauss, compositor que, según ella, «escribía muy bien para la voz». La elección no es casual: «Es difícil, es una exploraciónтotal del instrumento, de todo lo que una voz puede hacer, pero al mismo tiempo se siente muy bien cantarlo». Agradece a Filarmed la oportunidad: «Me siento lista para hacerlo» en este momento de su carrera.
La preparación del programa también le ha deparado sorpresas personales. «Estoy descubriendo una cantidad de cosas mías a través de los textos, de las armonías, de la respiración, de ver la palabra y la creación de otra persona», dice.
Los detalles cuentan la historia.
La trayectoria de Julieth Lozano es, ante todo, la historia de alguien que construyó desde cero, sin redes heredadas ni capital cultural previo en el género que eligió. No hubo mecenas estatal ni programa de cuotas que la llevara al Royal Albert Hall: hubo disciplina, autoconocimiento y la voluntad de desarrollar un instrumento que nadie más puede tocar por uno.
En un país donde la conversación cultural suele girar alrededor de subsidios y políticas públicas, el caso Lozano es un recordatorio incómodo: el talento cultivado con rigor abre puertas que ningún decreto puede garantizar. Esa es, quizás, la nota más alta de su recital.



